lunes, 4 de julio de 2011

Publicado según su editor, entre los números 18 y 21 de la revista “El Búho”, con el título de “Lagartito.com”… Nunca vi la publicación, pues en ese entonces me encontraba encadenado por excesos de consumo, preparándole un homenaje a  Harry Houdini.

LA INOCENCIA  DE CHARLY

                                                     
A la memoria  de Juan Carlos  “Sofía”

A Reed Charly las agujas se le torcían en los callos de las venas. La heroína lo estaba consumiendo en la propia sed de su sangre. Ya no había poro libre para inyectarse una dosis, ni aliento para seguir tocando y cantando, en “The Electric Church”, banda insigne del underground neoyorkino de principios del nuevo milenio. En el último concierto celebrado en el CBGB’S, Reed Charly se metió una  dosis para resistir, y se la pasó maldiciendo al nuevo Papa nazi, jurando que ya lo estaba electrocutando con su guitarra psicodélica, que tenía la forma de una cruz, acompañada por sus alaridos de alto voltaje.  

Pero realmente quien era electrocutado era el público, en un continuo electroshock musical, que hizo desatar una tormenta de relámpagos a la media noche del East Village neoyorkino. En el orgasmo de una canción, el músico se clavó en el piso con la intensidad del rayo. Un silencio caluroso se instaló en el ambiente y luego fue interrumpido por la sirena de la ambulancia. -Reed Charly cayó otra vez -murmuraba una rubia con los pezones inflamados. Un calvo con la cabeza sembrada de body persings, se picó la vena, en honor a su astro caído.

Era la séptima vez que Charly se derrumbaba. Las ocasiones anteriores se había sometido a los programas de rehabilitación, tan populares en el ambiente bohemio del Village. Pero la metadona ya lo tenía hastiado, aparte de crearle una nueva adicción legal, lo mantenía demasiado bajoneado, sin la chispa creativa que en ciertos momentos todavía lograba con la heroína. Necesitaba algo diferente, un viaje a un país desconocido, quizás sería la solución temporal. Un lugar en el que la heroína no reine, un paisaje paradisíaco donde la droga sea la misma naturaleza; y así encontrar un nuevo amor que le permita olvidarla… Soñaba con un río de agua pura que destape los caños de su sangre.

Después de una semana de desintoxicación en el Michigan Hospital, prendió su laptop, y al azar encontró la palabra Ecuador. Se enteró de los ríos salvajes y puros, de serpientes hipnotizadoras, de tzanzas y ritos sanadores, de ciudades más viejas que  Nueva York, coronadas por campanarios que sonaban al unísono, en las faldas de  inmensas pirámides  de hielo, cuyas cúspides del alma, coronaría abrazado a un cóndor solidario. Imaginó volver a nacer purificado, a través de la vagina de una de esas indias barrigonas que se veían en las tarjetas postales. Reflexionó, que la pobreza lo volvería menos consumista y que por lo tanto no necesitaría mucho dinero, porque además sus cuentas bancarias estaban rotas y los dillers de la zona lo tenían amenazado de muerte, por ofrecer pagar mañana y no poder, ya que sus ingresos le alcanzaban sólo para mantener las dosis del día.

Buscando información sobre costos entre empresas de turismo, descubrió una página web que lo sedujo. Lagartito. Com. Tour nocturno por Bazu-Quito. Charly hablaba un poco de  spanglish, que había aprendido con los dillers neoyoricans del Lower East Side neoyorkino, y le atrajo sobremanera la musicalidad rimada de la frase. De inmediato se contacto con la empresa, reservó pasajes,  y antes de embarcarse llamó a su padre que era un acaudalado hotelero de las Vegas, para contarle que había encontrado el lugar ideal para rehabilitarse y que por favor le deposite en una nueva cuenta tres mil dólares. El padre moviendo la cabeza negativamente aceptó. De inmediato  depositó el dinero a su hijo y llamó a una agencia de investigaciones, para que le informaran en qué andaba su primogénito.

Mientras Charly volaba  rumbo a Quito, repetía la misma frase que como buen compositor, la arregló a su manera: -I going with Lagartito to Bazu-Quito Punto Quito -coreaba la frase a un ritmo mariachi, que había aprendido en el parque Chapultepec, sin entender  el juego etimológico de la palabra Bazu –Quito.

COMITÉ DE BIENVENIDA
Era un atardecer nublado del mes de marzo, cuando el avión aterrizó haciendo piruetas entre las montañas que rodean la ciudad. En la sala de llegadas lo esperaba el “Lagartito”, acompañado de Sofía, que tenía en sus manos un ramo de jugosos floripondios.

Reed Charly, descendió de la nave con una pequeña mochila y su guitarra  viajera, llena de parches. Detrás de él, pero a cierta distancia bajaron tres tipos bien peinados y algo fornidos.

De acuerdo a las características trasmitidas por internet, fue muy fácil para la pareja, identificar al pecoso pelirrojo,  que además usaba una chivita puntiaguda y fosforescente.

Lo recibieron con sonrisas y abrazos. Sofía le entregó las flores y luego de besarle las mejillas expresó:- welcome to the country of dreams.

Lagartito en silencio estudiaba la psicología del cliente, y el momento de abordar el taxi, manejado por el Pipitas, encendió una boquilla. – Esta es la pipa de bienvenida, dijo el empresario, cruzando la cachimba a su cliente que iba en el asiento de adelante, rumbo a la Mariscal. -¡Oh the pipe of peace! -exclamó Reed Charly, antes de absorber profundamente el humo denso que salía por la boquilla.  Hubo una bocanada de silencio.

-Esto recordarme al crack pero ser mejor el olor -reflexionó el visitante, al mismo tiempo que un cortocircuito hacía vibrar su cuerpo y alma. Miró a sus acompañantes que iban en el asiento de atrás, con un gesto afirmativo pero con los dientes templados.
-¿Esto ser el estadium? -preguntó Charly al cruzar por la plaza de toros.  
-No sir, es la plaza de toros –contestó el Pipitas, atragantándose con un pipazo.
-¡Oh, toros yo no  matar, solo comer hamburgers! Yo sólo matar al Papa Nazi, já, já.
-Y yo sólo envenenar gringuitos, jé, jé _-replicó el Lagarto.  
-Sí, es mejor, los gringos ser infection y yo querer curarme –acotó Charly.

Sofía armó otro pipazo el cual Charly encendió con tortuoso regocijo, puesto que se quemó las pestañas y las yemas de los dedos, con el encendedor.

-Hay que mantener la pipa recta y no se debe acercar mucho la llama al material -explicó la maestra Sofía.

El taxi ingresó a la Mariscal, cuando la noche se abría, revelando el cielo y sus ardientes estrellas sedientas… El olor de los shawarmas se coló por las ventanas.

-Esto recordarme Estambul.
-Quito tiene de todo un poquito, mi gringuito -replicó Sofía.
-Quito, mi gringuito, un poquito (bis) -repitió la frase Reed Charly, estallando en carcajadas cantadas.

El taxi se detuvo en la esquina de la Pinto y Reina Victoria. El Lagarto pidió al Pipitas, que los pase a buscar más tarde. Ingresaron al hostal. Era una casa de dos pisos, con chimenea apagada, pero por cuyas ventanas brotaban humeantes nubes. En la puerta parloteaban unas negras en minifalda, con un gordo africano vestido de  traje nacional.

-Ahora llegamos al África -comentó Charly.
-Sí, al África Ecuatorial -respondió el Lagarto.

El recepcionista de raza negra anotó los datos del visitante, entregó las llaves, y Charly con  su comitiva subió al segundo piso. Por los corredores iban y venían mujeres y niños de la misma tez. Algunos africanos, otros oriundos de Esmeraldas.

Ya en la pequeña habitación, cuya ventana rota daba a la esquina, Charly canceló trescientos dólares, que era el precio convenido por una noche-tour,  a través de Bazu-Quito. El Lagarto se embolsilló doscientos y entregó los cien restantes a Sofía, que mientras Charly se duchaba en el resbaloso baño común, sacó de su cartera un pequeño espejo-corazón, y empezó a arreglarse las pestañas postizas y el color de los labios. Pues  era un travestí, la travestí reina de la Mariscal, y digo él-ella, o mejor ella-él, dependiendo del momento, el deseo y el recuerdo. Ahora era él queriendo ser ella con la ayuda de sus pestañas y labios rojos. Es que el verse como hombre en el espejo, le traía malos recuerdos, de esa infancia maquillada de masculina falsedad. Ahora ya podía ser la niña que siempre soñó, sólo que en vez de jugar con muñecas, tendría que jugar con peligrosos muñecos desalmados, cuyos bajos instintos muy bien conocía. Al ser una mujer encerrada en el cuerpo de un hombre, podía manejarlos desde adentro; y ahora, con la mayor seguridad que le daban los implantes de silicona, era capaz de utilizar esa fuerza masculina que tenía que esconder en su interior,  pero con sutileza y precisión. Se sentía capaz de ser amiga, de querer y odiar con igual bondad  y crueldad, tanto a ellos, como a ellas. Pues era todos en una  y uno en todas a la vez, en su inmensa y sabia soledad, desarrollada en gran parte por la incomprensión de los seres que ella llamaba “Los Mochas”.   

Charly volvió de la ducha, el Lagarto lo recibió con un pipazo doble.

-Thanks, esto calentar el agua fría.

LA CENA
Eran las ocho de la noche. Acababa de pasar  por el barrio la última nube lluviosa.

El trío caminaba por los adoquines mojados de la Calama, llena de turistas y ladrones,  de informantes y policías, cuyas sombras húmedas y alegres,  otras sigilosas y al acecho, eran grabadas por cámaras de seguridad suspendidas a los postes de luz. Deambulaban  quiteños demasiado borrachos para ser la noche de un lunes. Acechaban los vendedores de pared raspada, disfrazada de base, de cocaína mezclada con anfetaminas. Pequeña calle repleta, de bares y restaurantes, franceses, mongoles, hindúes y paquistaníes. Pizzerías y hamburguesas de mala muerte.

-Yo no tener hungry, pero me gustaría probar some ecuadorian food.
-El único restaurant de comida típica ya está cerrado -respondió el Lagarto.
-¡Oh  I’ sorry!, entonces busquemos algo de beber.
 
Caminaron hasta un bar de la Lizardo García. Se ubicaron los tres en la barra de madera. Charly se sentó en el centro, escoltado por Sofía y el Lagarto. Sonaban los Orishas de Cuba, agitando el claro oscuro del bar semivacío. Algunos espectros ebrios de la noche anterior, aún relampagueaban por las mesas.

-¿Qué drink nacional me recomienda? -preguntó Charly al barman enano y de mirada oscura.
-Lo único que tenemos es ron San Miguel.
-But the ron ser cubano -replicó el visitante.
-Pero el santo es ecuatoriano -respondió el Lagarto con ironía.
-¡Oh!, I unterstand. Deme un Quito libre con santo y coca cola ecuatoriana.
 
Sofía pidió un margarita y el Lagarto una cerveza  club. Charly marcaba el ritmo de la música, sobre la barra. El empresario, cada cinco minutos salía a pegarse un pipazo en la esquina. Sofía sacó un sobre de sus pantys y convidó un par de “pases” a Reed Charly. Los tres chocaron las copas.

-I’ sorry, this rum no gustarme, me pude dar un Jack Daniel´s.

El Lagarto miró con el rabo del ojo a Sofía como diciendo ‹‹jodido el gringuito››.

El barman disimulando su incomodidad sirvió un wishky doble al turista.

Reed Charly se pegó un sorbo que de inmediato escupió.

-Oh shet, esto no es Jack Daniel’s, este wishky ser falso.
-Esto es parte del tour por Bazu-Quito –replicó el Lagarto con voz firme.

De inmediato sacó un billete falsificado de su billetera y pagó. El enano entrego el vuelto, frunciendo el seño, absurdamente ofendido por el reclamo. Los tres salieron del bar.

-Para un trago falso, hay un billete falso -exclamó el Lagarto. Los tres chocaron las manos en señal de complicidad y siguieron caminando  hacia la Juan León Mera.

A la media noche, en la esquina de la Cordero y Reina Victoria descubrieron un cuerpo extendido, junto a una alcantarilla. Tenía los brazos en alto, en señal de victoria. La mano sostenía un puñal retorcido, cual antorcha para su alma. Los ojos en nublada calma, la boca todavía abierta después de su  última palabra: ¡paz!, pronunciada con sangre, ahora yacía  tatuada,  en el frío de sus labios. La luz del poste iluminaba la vulva sangrante del cuello y el río púrpura que se llevaba su alma  por el desagüe. El Lagarto, cauteloso, detuvo  el tour y señalando su reloj con  un gesto, les pidió guardar un minuto de silencio por su amigo caído. Se quedaron en la acera de enfrente, viendo como dos policías desvalijaban el cadáver, de reloj, anillo y cadena de oro, con la complicidad de la cámara de seguridad de la esquina.

-Es el negro Isidoro, no les había pagado a los “Primos”; les debía dos kilos -dijo en voz baja el Lagarto.
-De la que me salvé en Nueva York, cuando vuelva tendré que pagar a todos los dillers -habló Charly para sí.

La expedición  siguió su marcha  rumbo a la 6 de Diciembre. Al llegar a la calle Juan Rodríguez, dos niños harapientos, tenían arrinconados, con picos de botella, a una pareja de turistas europeos. Pasando por la vereda contigua, el Lagarto sentenció: Eso les pasa por no inscribirse en mi tour. Los niños se perdieron por entre las sombras verdes de los árboles,  con algo de dinero y una cámara de fotos. El  Lagarto se acercó a los turistas, los consoló y les entregó una tarjeta con los datos de Lagartito.com. Luego encendió un pipazo de base, que les convidó a los perjudicados. Estos al principio no aceptaron, pero al ser motivados por Charly desde la  otra acera, con un guiño de ojo, se pegaron un par de jalones. De inmediato se incorporaron, como liberándose de una pesadilla. Se alejaron erguidos, caminando de prisa y mirando para todos lados.

    
-Esto es more intensive que Hollywood movie. I like base -Charly comentó con Sofía.
-Esto no es base, esto es bazu-Quito -respondió Sofía, pegándose un pipazo.
-¡Oh!, I love bazu-Quito -exclamó Charly, mientras la cámara de seguridad del poste de la esquina, seguía grabando todos los sucesos.

EL SHOW
En el Matrioshka se iniciaba el show de media noche. El trío se sentó en primera fila, junto al escenario. Los tres tomaban “margaritas”. En una mesa contigua había una pareja de gays anglosajones. El bar estaba  copado de turistas, curiosos, bisexuales y sensuales lesbianas.Un mesero mariquita se deslizaba entre las mesas. En el fondo del bar, estaban sentados los tres tipos fornidos que llegaron en el mismo avión  que trajo a Charly. Sonaba una canción sutil de Miguel Bosé.

Sofía se dirigió al vestuario.

Hubo un lapso  silencioso, las luces violetas se proyectaron lentamente en la nube rosada, que colgaba sobre el escenario, con forma de corazón. La alta y estilizada Sofía, envuelta en su traje de sirena plateado, con lágrimas de lentejuela, apareció en el escenario ejecutando un violín profundo y lagrimeante.  Sin detener la música, convocó al público a un orgasmo tántrico colectivo, a base de respiraciones vocales , en situ, motivadas por las notas del violín, que apuntaban a los chakras y meridianos más sensibles  y bloqueados de cada organismo. Al mismo tiempo que ejecutaba el instrumento, marcaba el ritmo de las respiraciones por la boca, que iban de menos a más.

-Columna erguida, talones unidos: un, dos, tres, seis veces, ahora, vamos  más rápido…

Sofía había estudiado los manuales tántricos de Ambika Raihna,  a  los que incorporó su virtuosismo con el violín.

Aparentemente todos seguían las instrucciones, excepto el Lagarto, que aprovechándose del trance en el que se encontraba la pareja de gays, en la mesa de al lado, les robó una pequeña cámara de video que sobresalía de un bolso de mano que reposaba en el piso.

Abandonó el bar, y llamó al taxista Pipitas para que los viniese a recoger.

De los presentes que siguieron las instrucciones, la mayoría desembocó en el ansiado orgasmo comunitario.  

SESIÓN
En el centro de la habitación había una vela encendida. Sobre un taburete junto a la cama, estaban los floripondios, que Sofía había colocado en un florero con agua. La luz de la calle, entraba por la ventana rota, inflando la sombra de la vela en la húmeda pared.  

Todos se sentaron alrededor de la llama. El Lagarto abrió un paquete con  diez gramos de base que depositó en un plato. Sofía destapó una botella de cerveza y sirvió en algunos vasos. El Pipitas limpiaba su cachimba con un alambre. El Lagarto vació un cigarrillo y lo cargó con  base.

-Esto es una pistola, sólo que dispara para adentro.

La doró con un fósforo y se la pasó a Reed Charly.

-Pistola like me, tiene perfumito -expresó el novicio, inhalando el humo.

En las habitaciones contiguas del hotel se escuchaban carcajadas mezcladas con discusiones. Por momentos silencios densos, interrumpidos por el llanto de algún niño.

Después gemidos sexuales, intercalados con el violento abrir y cerrar de puertas. Era como un disco automático que se acababa y empezaba con las mismas canciones.

-La cerveza ser good .
-Es ecuatoriana -le respondió Sofía.
-¿Y el bazu-Quito de dónde ser?
-Se lo fabrica en Colombia, pero mira Charly, si quieres decirme que en este país toda la mierda que consumimos es importada, tienes toda la boca llena de…razón.
-Don’t gorry, in New York is the same shit.

El Lagarto armaba pistola tras pistola y fumaba silencioso. El Pipitas, se atragantaba a pipazos, inflando sus mejillas aruñadas por alguna gata ebria. Sofía, entre pistola y pipazo, llenaba los vasos, con los dedos largos y bien cuidados. Charly fumaba, poniendo especial énfasis en el olor.

En media  hora los diez gramos se extinguieron. Reed Charly pidió más. El Lagarto le explicó que el presupuesto acordado del tour, no alcanzaba. El visitante le entregó doscientos dólares y pidió que también compre algo fuerte para templar los nervios.

El Lagarto acompañado por el taxista Pipitas, salieron a cumplir la misión. En el cuarto del hotel, Reed Charly esperaba impaciente, frotándose las manos. Sofía desenvainó el violín de su estuche y empezó a ejecutar el bolero de Ravel. El músico la escuchaba sorprendido.

-Tu ser a great musician. En Nueva York podrías tocar en mi banda algunas songs.
-Pero yo soy travesti.
-In New York travesti is normal. Allá  tú poder work in clubs, for good money. I’ love your music.
-Me estás haciendo enamorar, Reed Charly.
-No confundir. I’ like woman.
 
Irrumpieron en la habitación, agitados, el Lagarto y el Pipitas.

-La policía justo después de cargarnos, agarró a la negra Sabina -denunció el Pipitas.
-Seguramente no le pagó los impuestos -acotó el Lagarto…
-Hay que andar pilas, es noche de redadas -advirtió Sofía.

El cuarteto reinició la sesión con cierto sigilo, desarmando y armando, cigarrillos, llenando y vaciando ceniceros, multiplicando botellas vacías de  aguardiente. En el silencio se distinguía la respiración agitada de Charly, la tos flemosa del Pipitas, el chispazo de los encendedores. En el resto de las habitaciones, los sonidos eran  casi similares. Desde la calle con cierta frecuencia se escuchaban pasos a la carrera, gritos solitarios que se apagaban. Luego de un prolongado y rígido silencio, el ruido de las sirenas de patrulleros o ambulancias tardías, acudiendo al último grito, bajo las cámaras de seguridad que eran  silenciosos y acechantes testigos.

Las calles de la Mariscal parecían un campo no santo, sembrado de restaurados y herméticos mausoleos. Alrededor  los muertos indigentes,  se destajaban por un pedazo de vicio, pan o abrigo para la larga pesadilla del alma a la intemperie.

A eso de las tres de la mañana, el material se acabó.

Todos se miraban  silenciosos, tensos y con  desconfianza.

-Y ahora sí nos toca hacer la magia -exclamó el Lagarto, distendiendo el ambiente.
-Ahora invita tú, que Charly ya se puso bastante -le replicó Sofía.
-El dinero de la empresa no se toca.
-No seas batracio, Lagarto… Bueno yo invito, con la plata que estoy reuniendo para cortarme esta tripa -decidió Sofía, señalándose la entrepierna.
-Yo pongo para el trago -acotó el Pipitas.
-No problem, yo todavía tener dinero, además bazu-Quito hacerme olvidar the heroine. 

Charly entregó  al Lagarto, un rollo de billetes de cien.

-El problema va a ser en dónde cambiarlos -cuestionó el Pipitas.
-Para esto está el Lagarto -respondió en tono seguro el empresario.

Los dos emisarios volvieron a abandonar la habitación. Reed Charly, se bajó de un sorbo el resto de botella que quedaba. Sofía recogió la mayor cantidad de colillas y armó unos cuantos pipazos que sostuvieron la ansiedad del huésped.

-Tú ser a good person, like a mother.
-Es que me inspira ternura verte tan desesperado.
-You know, nunca conocí a my mother. Ella morir cuando yo ser baby. Yo crecer con mi padre y diferents wifes.

Charly, mientras hablaba sudaba. Sofía sacó un pañuelo de su cartera y secó el sudor que emanaba por las sienes y manos del músico.

-Yo sentir paranoia.
-La base es muy fuerte, nos confronta con nosotros mismos. Saca a relucir nuestras fragilidades  al ismo tiempo que bloquea nuestras potencialidades.
-My caracther ser muy débil, tengo frío.

Sofía abrazó a Charly y lo acurrucó en sus pechos de silicona.

-Your tetas are beatifull...

El Pipitas golpeó la puerta de la habitación.  Sofía se levantó y  abrió.

-¡Lo agarraron al Lagartito! Yo estaba esperándolo en el taxi, cuando entraron a la pensión de los “Primos”, los tiras de antinarcóticos.  Embarcaron a todos en un bus, entre ellos iba también el Lagartito, con las manos esposadas -narró el Pipitas, agitado por el pánico recién vivido-. Además hay un carro con unos manes raros parqueados al frente.

Sofía sigilosamente espió por a la ventana y pudo distinguir a tres gringos en  el  interior de un auto sin placas.

-Deben ser de la DEA. ¿Será que este man es prófugo de la justicia? Hay que salir de aquí porque seguramente están haciendo redadas en todos los hoteles. Vámonos a la playa, a pegar unos buenos cebiches y a dejar de fumar tanto esta mierda –exclamó Sofía.
-Vamos -respondió el Pipitas.
-Lets go to the beach -celebró Reed Charly, agarrando su guitarra.

Los tres abandonaron el hotel entusiasmados, pero la fiesta se rompió, porque los detectives privados que había enviado el señor Lukyman desde las Vegas, con la intención de recuperar a su hijo, dominaron a Charly, torciéndole los brazos, y lo embarcaron rumbo al aeropuerto, en donde abordaron el avión ambulancia que lo esperaba para llevarlo de vuelta  a aquel frío hospital del lago Michigan.

Sofía y el Pipitas, subieron al taxi y persiguieron a los secuestradores, unos minutos antes que la policía antinarcóticos ingrese a la humeante hostal, para hacer  una requisa.

-Esto es un rapto, es una violación a la soberanía nacional -gritaba Sofía, pero los guardias del aeropuerto, estaban entretenidos con sus Reed Bull. Sólo uno atinó a decir: -¡Cállate marica! -arrastrando por el piso al travesti, que lloraba, lágrimas de hombre por sus ojos maquillados de mujer…

La Mariscal por la mañana, lucía sus jardines bien podados y brillantes, las ventanas limpias pero vacías. Cantaban los pajaritos. En los basureros ya no había huellas de la noche anterior. Las cámaras de seguridad paneaban desde todas las esquinas, persiguiendo un olor nauseabundo que brotaba por las alcantarillas. Los estudiantes iban a  clases, los comerciantes abrían sus negocios diurnos, en la apacible mañana. La noche anterior no  había sido más que la pesadilla cotidiana, de algunas ancianas agonizantes, en los floridos mausoleos del barrio. Un documental, que los cineastas secretos de la policía editaban para los próximos Óscares; claro está, si es que la señora plenipotenciaria del bunker-embajada del norte, lo permite.

                                                  

sábado, 4 de junio de 2011

EL DOLOR DE LOS INMORTALES

Publicado en el número 22 de la revista “Realidad Aparte”, de Nueva York.

A Gabriel Jaime Caro                                                          A León Felipe Larrea

Era un verano grisáceo, de cielo y ciudad brumosos. San Petersburgo reposaba en la tarde respirando los vientos del Neva. Por los canales flotaban las barcas solas, mientras los barqueros dormían en las gradas de los muelles de piedras gastadas por el agua. Un abrigo sin cuerpo avanzaba por la avenida Nevsky, con su perro de nube encadenado, y un ataúd desde el aire me guiaba al cementerio.

Entré al panteón de los hombres ilustres, de los nobles, de los escritores y músicos.

Sarcófagos de piedra tallada, escultores de héroes y musas, de ángeles y arcángeles, habitaban el jardín laberinto que, a medida que yo avanzaba me invitaba a una siesta sin fin, abriéndome sus baúles de ceniza, de tulipanes marchitos.

El cementerio respiraba, bostezaban sus muertos al ritmo de las nubes que llegaban del Báltico. Escuché una melodía conocida que venía desde el fondo. Busqué su origen atravesando las lápidas, hasta encontrarme con la tumba sonora de Tchaikovsky.

Era Septiembre la pieza que fluía del ataúd, como un preludio del otoño que se avecinaba. Luego, el rostro de su escultura me sonrió y un cuervo se posó en su cabeza, con una estrella roja sangrante en el pico.

La melodía fue interrumpida por cierta respiración pesada y quejumbrosa que venía desde una esquina. Me acerqué algo temeroso, pero al ver que se trataba  de mi antiguo maestro  Fiodor Dostoyevsky, mis temores se transformaron en una alegría alucinada. Comprendí que el abrigo que se paseaba por la Nevsky pertenecía a Raskólnikov y que el perro de nube era su alma encadenada al suplicio de la eternidad.

Fiodor Mijailovich lucía tenso, su rostro de piedra reflejaba la insatisfacción de su alma. La tumba estaba encerrada por barrotes de hierro, semejantes a los de una prisión. Y a pesar de que al pie del busto sus admiradores habían colocado nutridos arreglos florales, Dostoyevsky expresaba angustia y dolor, los mismos sentimientos que habitaban su obra, los mismos sentimientos que lo motivaron a vivir y a morir como un guerrero, estremecido entre las laderas punzantes de su conciencia y de su existencia coronada de deslaves.

Él, conocedor de mis manos audaces, con voz grave me contó que había pedido a Raskólnikov que me buscara, porque sus despojos no merecían estar enjaulados entre esos hierros hirientes. Solicitó que tome sus cenizas y las arroje al fuego, pues los gusanos del tiempo seguían devorando su espíritu.

Me cargué de valor, abrí el ataúd y deposité en una bolsa el polvo latiente de su ser.

Al alejarme, los ojos de la estatua reflejaban una agotada pero satisfecha calma, parecida a la que él experimentaba después de las crisis epilépticas.

Salí del cementerio cuando las primeras hojas de Septiembre silbaban por la ciudad.

Comencé a sentir frío; en un basurero encontré el abrigo de Raskólnikov y me lo puse.

Al atardecer, volando hacia Bakú, escuché las explosiones de la guerra del Cáucaso. Desde el avión contemplé cómo la tierra ardía, con las llamas de rodillas implorando al cielo.

Salté a la tarde y mientras descendía suspendido en mi aliento, esparcí sus cenizas sobre la alquimia ardiente de la guerra, entre el quejido de amapolas desangrándose y  adormeciendo con su polen la agonía de las madres soldados.

Después, bajo  una tormenta, caminando en silencio por las negras y rojas hogueras, note que cuando más llovía, más crecían y se retorcían las llamas donde habían caído las cenizas…

En la cabeza de águila que dibuja la costa oeste del mar Caspio, florecen hogueras inextinguibles, donde los antiguos peregrinos acudían al llamado de la muerte, hilando y deshilando sus gusanos de seda…

    

domingo, 8 de mayo de 2011

OJOS DE ÁGUILA

Publicado en el número 11 de la revista “El Búho”, junto al relato anterior.

Al doctor Plutarco Yépez.

El hombre contemplaba la pared vacía. A la nariz sangrante del payaso y al cuchillo los cargaba envueltos en papel periódico. Ráfagas de risa se le escapaban por los poros. Al fin su cuerpo reía. El payaso que lo humillaba por su tartamudez había callado. Desde la boca inflamada del hombre celebrante se desprendía un hilo de saliva, envolviendo su cuello.

El policía de la esquina escudriñaba al hombre con la mano presta en la pistola que le colgaba del cinto.

De la acera de enfrente una mujer madura y maquillada  seguía la escena mordiéndose los labios.

Un perro encadenado al poste de la esquina miraba a la mujer madura. El canino era custodiado por su amo desde el interior de la tienda de alimentos.

El ladrón de perros espiaba al dueño del can esperando el mínimo descuido.

Un niño calvo comparaba el ángel guardián que el ladrón tenía tatuado en la nuca, con el lunar en forma de ángel que a él le había crecido en la palma de la mano. La madre sostenía de una muñeca al pequeño, que tosía mirando el semáforo que cambiaba a rojo.

La luz encandilante era acusada impacientemente por un hombre de negocios que se atrasaba a su cita, tragando en seco una manotada de pastillas.

El drogadicto, ya sin familia y sin amigos, pisoteado por su sombra de recuerdos veía con desprecio al negociante, pero al mismo tiempo se arrastraba para  pedirle una moneda.

Un predicador religioso auscultaba al drogadicto y planificaba reclutarlo para su templo, sosteniendo una Biblia demasiado nueva.

El religioso de brazos fornidos y corte militar, era provocado por un homosexual ebrio que bailaba en la esquina.

Una prostituta ciega perseguía al homosexual,  como buscando un ojo de mujer y otro de hombre, para protegerse.

La cámara de seguridad de la calle registraba a la prostituta en su afán. El policía gordo comía palomitas de maíz frente al monitor, adormilándose mientras seguía la acción.

Otro policía se disponía a reprender al dormilón, cuando estalló el disparo en los tímpanos y la pared se manchó de rojo y saliva…

En pocos minutos llegó la ambulancia, y después de confirmar la muerte del tartamudo, la esquina continuó con  su ritmo habitual…Un obrero pintaba la pared de blanco, que se quejaba como único deudo.

miércoles, 13 de abril de 2011

Publicado en el número 11 de la revista EL BÚHO, como FIESTA DE MÁRMOL.

SOLOS DEL SILENCIO

La “democracia” había saqueado el templo. Sus tenores escaparon hacia el norte con todas las barras de oro, cuando la gente dormía bajo la tormenta de extrañas luces y veloces tecnologías.

Ya a nadie importaban los cuervos rojos de mármol, ni las estatuas de arena de los héroes y sus dragones, decapitados cuando cumplían la misión de los dioses, en la constante defensa del alma y el amor de la tribu.

Los dementes empezaron el lento retorno desde el jardín de espinas a donde habían sido condenadas sus vidas y encadenadas sus manos a la limosna, en las gradas del templo que ellos habían construido entre el vino, la mirra  y el sacro-oficio.

Volvían tristes, con las manos y los ojos llagados; sus pies apenas podían subir las gradas de la plaza Sacramental.

Entre los que retornaban pude reconocer al duende Rodrigo. Arrastraba dos bueyes de Tauro y sus pequeños mellizos, con alas en los omóplatos, le revoloteaban alrededor de la cabeza, dibujándole una aureola. Lo acompañaba Ivanceti, el rey de la ceniza, casi calvo, pero con las uñas y las pestañas crecidas. Su pipa de aluminio humeaba y el dragoncito mascota le correteaba por la espalda. Lo seguía el loco Carlo; las orejas le habían crecido de tanto callar, y de su ojo lleno de ira colgaba una lágrima de piedra. Lo escoltaba el astrofísico Cristianzen, como siempre caminando al revés, para contar los metros del pasado y sorprender al futuro por la espalda. Después subía Aoá el caminante; llevaba un infinito collar de palabras, en el que se leía un solo nombre que nunca terminaba, y mientras más avanzaba, más se alargaba.

Por la puerta apareció Maxim el músico; traía los misterios de Hiperbórea en una cajita musical, y cuando la abría, los sonidos se le escapaban por sus ojos pálidos y las columnas rotas del templo. Más atrás íbamos mi hermano San y yo, fundidos en un abrazo y brincando en una sola pierna. Veníamos del crepúsculo en un barco rojo, donde papá y mamá pasaban la luna de miel del alma.

En el centro de la plaza nos esperaba la loca Valdivia. Se había bañado y en sus manos sostenía una canasta con vino y floripondios marchitos.

Todos bebimos, adormecimos a los Ojos y cantamos para dentro.

Lentamente los seres de mármol iniciaron la danza, al compás de la lluvia que llenaba el vacío de nuestra ausencia…

miércoles, 23 de marzo de 2011

EN ESTOS DÍAS DE DOLOR PARA EL JAPÓN Y LA CONCIENCIA DEL MUNDO, OFREZCO ESTA CRÓNICA VIVENCIAL ESCRITA ALGUNAS ESTACIONES ATRÁS, CON LA ESPERANZA DE QUE LA CONCIENCIA ZEN ACTÚE EN SUS GOBERNANTES Y GOBERNADOS,  MUCHAS VECES SOMETIDOS AL DESTINO DE SU PROPIA  ESPADA… 

Publicado en el número 3 de la revista Anaconda, cultura y arte.


ESTACIONES ENCENDIDAS

Tokio, es diciembre. La noche encandilada de neones envuelve la ciudad con destellos violetas y amarillos. Se acerca la navidad y la gente que todavía surge de las ruinas de Hiroshima refleja sus espectros en las vidrieras de Shinju-ku, repletas de Noeles que seducen desde el fondo.

En las librerías escasean los textos de Mishima, más aún  para estas fechas. Pronunciar su nombre provoca silencio en los rostros de las delicadas vendedoras.

En la Universidad de Lenguas Extranjeras interrogo a varios estudiantes sobre el  prolífico autor de “Caballos desbocados”. La mayoría no ha leído sus obras, quienes lo conocen se tensionan  y prefieren no hablar. Pero olvidemos a Mishima y recorramos la ciudad dividida por las cuatro estaciones del año.

En el jardín imperial se celebra el otoño. El emperador, reencarnado en un gato negro, pasea solemne por el lago salpicado de amarillo; una capa de lotos blancos lo abriga. La emperatriz, en un altar de hojas rojas espera a sus súbditos.

“Todos somos mellizos,
todos somos hijos del sol y de la luna”,

Corean unos niños envueltos en mariposas disecadas.

La primavera florece de la noche en las veredas de Jimbocho. Pájaros nocturnos picotean hortalizas sembradas sobre los parterres rotos, mientras las ventanas de una casa, aún  sostienen  lágrimas de la última guerra.

El invierno anida en el bosque de sakuras y las palomas de nieve filosofan en las gradas del templo del sintoísmo. También  los cuervos robustos, en los basureros de algún puente, degustan los manjares de cartón.

Los carpas rojos y azules veranean en el río, seguros de que el anzuelo no truncará sus tardes. Pero yo, día y noche busco al sol por entre las ranuras que dejan los edificios, y no lo siento. Apenas intuyo una estrella borrosa, sobre el techo de una torre de vidrio, como por un telescopio. Alguien me informa que el astro veranea entre las islas de deshechos.

Hay que dejar la ciudad, exprime al hombre con su acordeón de luces, con el grito ahogado del último samurai, en su honor harakiri y su espadazo de adentro hacia fuera, porque Mishima nació con el sable atravesado en el alma.

Cruzo la ciudad en el tren veloz. Salto a una isla de latas de cerveza recicladas y playas de ceniza, todavía tibias, como las olas nocturnas, como la noche y su calefón de estrellas, donde enciendo el tabaco  que inflama  a la espuma.

¡Y bueno fantasmas! ¡Brindemos un  Nagori sake hasta que salga el sol entre las islas plateadas! Pero también brindemos unas Saporo en lata, para mañana seguir agrandando el archipiélago. Y no olvidemos el Chivas de doce años, picando sashimi de cuatro peces, con la carne viva; es que la economía japonesa permite a la sociedad comer y beber  de lo mejor; y el dinero de mi premio del festival de cine se escurre en un río de alcohol.

Fotografiemos nuestras narices rojas y por favor no durmamos, que esta noche es la última mi querida Yukiko.

¡Kampai por las estrellas que se besan en lo oscuro! ¡Kampai por la tierra que fue una estrella verde! ¡Kampai mi adorable Keiko! ¡Kampai por tu primero y último beso! ¡Kampai por tu mano tibia  y por tu sexo spondylus, donde anida mi corazón  exhalándote canciones!

¡Kampai mi estimado Tomo! Por Nara, Okinawa y Fujiyama. Por el concierto de Pat Methany en Shinju-ku. Por los abuelos en retorno dolorido, por los autistas que enamoran al silencio, por los que nacieron y por los que se fueron de largo, siguiendo la huella del cometa… Por nosotros con la sombra en el ocaso.

El sol abre su ojo rojo en el alba, el mismo de la bandera rojiblanca, y una gaviota de vidrio desayuna un pez de aluminio.

Escucho el ¡oooh! de los fantasmas diurnos, y aplausos y cantos en la orilla, para los habitantes de Tokio es todo un acontecimiento ver el amanecer.

Ojaio gosaimas (buenos días), un último brindis y adiós. Pues mis amigos trabajan desde las siete a.m.  y mi avión parte a las ocho….El jet se hunde en el sol, cierro los ojos y escribo para mi guitarra  de cuatro cuerdas; una cuerda para cada estación.








   

sábado, 19 de febrero de 2011

ENTRE EL HUMO DE URUBÚES

Publicado en el número 4 de la revista “Contexto”.

Amanecer en Sao Paulo, una mañana gris y humeante, sin el despertador del gallo o el trino de un pájaro. Los motores de una factoría roncan lejanos y los niños de la rúa Augusta duermen despiertos, abrazados a cartones fríos del final de invierno. Las garotas de las esquinas ya se han ido. El crack atiza el insomnio de los imberbes fumadores de la avenida Paulista, de edificios grises, de cielo y veredas grises disueltos por el humo, en el que apenas distingo a mi sombra.

Vuelvo al Augusta Palace, debo dormir, en la tarde estrenan mi película en el Museo da Imagen e do Som. Se celebra el Festival Internacional de Cortometrajes de Sao Paulo; fiesta no competitiva en la que participan más de doscientas películas representando a cincuenta y dos países, de los cinco continentes vivos.

Llego un poco atrasado, en el hall, la directora del festival, Zita Carvalosha, me recibe con una sonrisa cómplice, igualmente, algunos directores paulistas me abrazan con aliento a cerveza; una pareja bien peinada me mira con recelo y comenta en voz baja sobre mis zapatos humeantes.

Estamos en el bar del museo. La cachaza y la pinga encienden la noche. Damián Quevedo, con el pucho de un parisién porteño entre los dientes le reclama a uno de los guías del festival, por hablarnos a los latinos en inglés. El hombre se retira sin responder y desde aquella noche sólo guiará a los directores angloparlantes. Nosotros agradecemos la gentileza y abordamos la ciudad con nuestro olfato melancólico sediento de alegría.

Hay rumba en el bar Soweto, somos los únicos blancos. Las negras y los negros se contorsionan  lentamente al ritmo de Alfa Blondy y Damián se deja absorber  por la oscura y sudorosa marea. Yo estoy en la barra hablando con la barwoman,  de los colores nocturnos y sus olores claros y profundos, entre caipiriñas que ella derrama por mis  labios, imantando nuestras lenguas durante la  noche de rayos.

Despierto solo a las riberas del río Tieté y en el borroso espejo de las aguas quietas, distingo besos violetas mordiéndome las venas… La basura de las orillas es sintética, una familia raquítica de urubúes agoniza, y desde el cielo un urubú suicida se estrella sobre su propio reflejo, de agua espesa y fría.

Signos apocalípticos alumbran Sao Paulo. Ciudad sin perros ni gatos. Sin trinos diurnos ni nocturnos. Sólo un gallinazo cual cóndor exiliado busca carroña en las nubes. Es tétrico el silencio que envuelve la noche y el oxígeno huele a fuego, pero brillan las sonrisas de sus elegantes ejecutivos y sus íconos mendigos, compartiendo las aceras al coro del “tudu ben”. La miseria y la riqueza pasean de la mano en un cotidiano encantamiento entre  “el bien y el mal”. Las garotas agitadas suben al viejo tranvía del centro, perfumando mi paseo de cincuenta centavos de real. Leo el periódico, me entero que la mitad  de los  presos de una cárcel están con SIDA y que ya no hay lugar ni  para un enano. A los ladrones de turno los mantienen esposados en las gradas, para después liberarlos vivos o muertos. El centro de Sao Paulo semeja una cárcel, una cárcel sin candados ni rejas. Las veredas y los parques son sus celdas y los celadores, montando caballos de paso, despiertan a golpe de tolete a los durmientes en los parterres de las calles que bordean la Estación Central. Se inicia la requisa diurna, mientras dos monjas cruzan indiferentes y un grupo de niños va de prisa rumbo a la escuela.

Volvamos al festival, o a un carnaval de cine, donde la  trivialidad de contenidos se enmascaró con el efectismo de las formas visuales y sonoras, en pequeñas parodias de la tragicomedia del miedo con la que se manipula el subconsciente de la sociedad mundial. Festival del cine caos, sin perspectiva, sin poesía ni profundo dolor. Cineastas cómodos,  muchos  “hijos de papá famoso”, en su mayoría de Río de Janeiro, algunos de Europa y Norteamérica. Incapaces de pintar una película con el color de su propia sangre, de esculpirla con el temblor de sus propios dedos, de sonorizarla con los latidos de su propio corazón. Aplaudimos el derroche tecnológico de los países computarizados, que justificando la alienación ante el dios máquina pretenden dotarlo de un espíritu sintético e insípido. En definitiva, celebramos la ausencia del espíritu estético y el derroche del mal gusto sintético, porque las lágrimas y los besos de las máquinas son más fríos que la sangre de las estatuas, y aunque encandilen el horizonte de lujuria, solo dejan huecos en el corazón de los niños. Y el miedo a profundizar de la mayoría de producciones del cine brasileño actual está minando su propio desarrollo. Hago un brindis por Glauber Rocha y coloco una flor empapada de ron en su olvidada tumba… Aunque también se proyectan en mi memoria desconsolada, el  documental sensorial, “Me Dicen Yovo”, del peruano Alejandro Ramírez, con su cámara viajera por los poblados semidesérticos de Benin, inflamando la pantalla con canciones sudorosas en la sequía, ahondando el blanco y negro con preguntas inquietantes sobre su identidad y la angustia de la naturaleza humana. “El “Hombre de Negocios”, cortometraje azerbaijano, dirigido por Aydin Dadashov, parábola metafórica sobre un mendigo que se vuelve  millonario y trata a través de las religiones en conflicto darle sentido a su existencia, hasta ser vencido por sí mismo en el cuadrilátero de un hospital psiquiátrico. También me pareció admirable la muestra de los cortos en animación 3D del japonés Hideo Nakazawa, pionero del Hi Vision, formato predecesor de la alta definición, desafiando al veloz momento tecnológico por medios infoelectrónicos. Nakazawa nos ofrece un universo temático y estilístico propios con hondas preocupaciones humanas, superando el efectismo que pretende imponerse, explotando su espíritu de samurai implosivo. Me atrevo a sugerir cortos de su autoría como: ”Diez Segundos Después”, “La Broca y la Pared” y  “The  Master Food”.

La noche suda frío y mi dinero se acaba. Empeño mi sombra por un vaso de cachaza y un niño que despierta le dispara. Mi sangre se hace una con la tierra vermelha y mi alma embriagada y aún lagrimeante despega del aeropuerto de Guarulhos…

domingo, 16 de enero de 2011

CINE IN-DEPENDIENTE

Publicado en el número 12 de la revista “EL BÚHO”

Nueva York, la pecera multicolor estalla, pero los peces están enamorados de la explosión. Sobre todo los de Manhattan, porque los de Queens, el Bronx y gran parte de Brooklyn son los guetos donde se concentran negros, latinos, asiáticos y europeos del este, quienes con su esfuerzo muscular mantienen brillantes las torres de vidrio y limpios los desagües, para por las noches con sus artes diversas levantar el ánimo de una sociedad espiritualmente agotada y por lo tanto ávida de placer. Sociedad regida por Kronos, más exactamente por el segundero del dinero, reloj que marca el destino, la extensión del dolor y el gozo de sus esclavos.

En el Village es la fiesta. Aquí se concentran las vidrieras, galerías y teatros. Los cines, discotecas y bares para artistas, hombres de negocios y turistas anonadados ante la excesiva producción de espectáculos en serie. El Village Voice anuncia alrededor de novecientos shows diarios en todas las manifestaciones artísticas, aparte del sexo por teléfono que abarca ocho páginas de este periódico semanal. Mujeres y hombres de todas las edades y razas, garantizan un orgasmo prolongado y discreto por dos dólares el minuto de conversación telefónica.

No es exagerado decir que en Manhattan todos somos cineastas. El cine es la religión, el dinero la sangre de Cristo, los actores los dioses, los directores los monjes, los guionistas los apóstoles y el público los alegres feligreses que en cualquier momento se pueden transformar en estrellas de cine o por lo menos de la revista Vogue, con tan solo ser descubiertos por el fotógrafo de turno, mientras pasean por el Tompkin Square con su perro fiel-amante y con el alma desnuda a través del vestido estrafalario. Con las pupilas casi borradas por la heroína que puebla la soledad con sueños de estrellato y vacaciones con un amante viril, ya que ser gay es el denominador común y honrado de los chicos del village, y el que muere de sida es considerado un mártir y será nuevo tema de inspiración para el cine o por lo menos para un bet-seller literario; porque en Estados Unidos los artistas se inspiran en la moda y la moda la hacen los artistas y el sida es la enfermedad de moda de los artistas, así como en otros siglos lo fuera la sífilis, pero sin tanta rimbombancia.

No cabe duda que en Nueva York hay poetas, filósofos y genios, que también esperan su turno pacientemente en las aceras y parques del Village. Me atrevería a decir que los mendigos son las personas más inteligentes y eruditas de esta ciudad, pues se alimentan de basura y en Manhattan se arrojan los mejores libros, así como hermosos trajes, electrodomésticos y discos de acetato. En la puerta del edificio en el que vivo, duerme un Ser, tiene una libreria ambulante y es poeta políglota: pinta un Frankeistein humillado e implorante. Cada vez que le doy los buenos días, señala el cuadro y me dice: -mira lo que han hecho conmigo. No sería raro que un guionista con cierta agudeza descubra al personaje y escriba  una historia sobre su vida, maquillándola de trivialidades y la cierre con un happy end. Entonces este Ser dejará de ser anónimo y esclavo de la locura y pasará a ser famoso y esclavo de los nuevos  vicios del confort, convirtiéndose en un santo más de la devoción del público, porque no he conocido un pueblo tan amante de su cine como la nación norteamericana.

De cien personas encuestadas en diferentes sectores de Manhattan, poniendo énfasis en la población de origen anglosajón, ochenta y cuatro respondieron que su cine era el mejor del mundo, trece prefirieron el europeo y tres demostraron mayor información, comentando de Bergman, Tarkovsky y Greenaway.

Resulta paradójico que en el país donde se produce la mayor cantidad de información sea su ciudadanía la más desinformada de lo que acontece en el mundo que la nutre. Nación ahogada en su exceso, cegada en su luz, enferma por sobredosis de alimento. Adicta al consumo de todos los olores, formas y sonidos pero que no provoquen mirarse para adentro ni karmas negativos; ya que el "positivismo" es la filosofía oficial.

Nación sedienta de vida, cultiva la muerte y el terror, desde el genocidio que cometieron los colonos-peregrinos contra los nativos americanos hasta la actual invasión injustificada a Irak. También es muy doloroso que los niños se formen con un cine y televisión que en su mayoría inspiran violencia, dentro de las escuelas y los núcleos familiares, con el propósito de educar un público adicto a todo el consumismo que gira en torno a la "cultura de la violencia"; y sus nefastas consecuencias para el resto del planeta.

Y es penosa la complicidad de la prensa que maneja el criterio colectivo más parcializado e irreflexivamente que en nuestros países.

En este contexto nos introducimos en las salas y archivos del cine independiente neoyorkino, admiramos, investigamos y conversamos con algunos de sus realizadores. Hablo en plural porque mi sombra me ha tomado la delantera y me lleva de la mano.

El cine independiente estadounidense surge como una alternativa al monopolio económico y estético hollywoodense y tiene como epicentro al Nueva York de los años sesenta; siendo su precursor el actor y director John Cassavetes con SOMBRAS (SHADOWS), que de entrada va rompiendo con el estilo narrativo, temático y del happy and californiano. Película producida con un gran esfuerzo de su realizador, que trabajaba como actor en filmes mediocres para financiar ésta y casi toda su filmografía posterior (FACES, HUSBANDS, MINNIE AND MOSKOWITZ).

Seguido aparecerían CALLES VIOLENTAS y TIN GOLPEA A MI PUERTA, de Martín Scorsese. Luego surgen directores como John Sales. Jim Jarmush, Abel Ferrara, Ang Lee, revelando diferentes personalidades cinematográficas, autenticidad en cuanto al manejo de temáticas y estilísticas, cuasi propias.

Los críticos de Nueva York en su mayoría se expresan en buenos términos, exaltando la labor independiente. Entonces surgen nuevas productoras en esta ciudad, como Good Machine con Ted Hope a la cabeza, Killers Film de Cristin Bachon, Shoothing Gallery con la conducción de Larry Manstrich.

Estas empresas incrementan la producción de una cinematografía en un principio diferente, para luego ser invadida por muchos realizadores que proponen historias comerciables que son aceptadas debido a exigencias del público y naturalmente de financiamiento. Aquí comienzan a producirse películas de todo nivel estético, en su mayoría malas, tanto o menos que las hollywoodenses, pero con presupuestos inferiores. Se amplifica el fenómeno en otras ciudades como San Francisco, Los Angeles, Chicago y Boston, hasta alcanzar actualmente a producirse alrededor de seiscientos filmes independientes al año, en todo el territorio nacional.

A pesar de que este cine es tan variado en cuanto a géneros y niveles, se caracteriza por ser esencialmente urbano y netamente narrativo; en el que lo más importante parece ser la actuación y el argumento, quedando en segundo plano el aspecto artístico tecnológico. Quizás en principio producto de las limitaciones presupuestarias, lo que automáticamente marca una diferencia estética frente al derroche y la excentricidad tecnológica hollywoodense.

Vale anotar que el primer boom independiente va acompañado con el boom de Hollywood a nivel mundial, en los años setenta. En la década de los ochenta el desarrollo del video y la televisión genera una crisis cinematográfica de carácter global. Los filósofos californianos alzan la vista a Nueva York y miran a sus alrededores en busca de talento y nuevas ideas. Descubren a Quentin Tarantino, Speak Lee; abren sus tentáculos y arman alianzas con productoras hasta entonces completamente independientes, como las mencionadas anteriormente, bajo el signo del chantaje y al mismo tiempo augurios de éxito y mejores condiciones de producción. Paralelamente en los años ochenta, con el padrinazgo de Robert Redford, se crea el Festival de Sundance que muestra y proyecta a los noveles y ya conocidos cineastas independientes. También se funda el Sundance Channel, medio por el que se difunde el cine que no depende exclusivamente de Hollywood.

A pesar de los enganches, tires y manejes con los zares californianos, el cine independiente se distribuye únicamente en las principales ciudades de Estados Unidos y Europa, convertido ya en una nueva mina de oro del vecindario de Beverly Hills, estableciéndose como un cine corriente en el que un espectador no podría diferenciar si está viendo un filme hollywoodense o el de una productora independiente.

En los noventa se descubren realizadores como Todd Shlondz con FELICIDADES, BIENVENIDO A LA CASA DE LAS MUÑECAS; y Tood Heinz, autor de VENENO SEGURO, VELVET, GOLD MINE, directores que se destacan por ciertas características autorales. Shlondz trata temas como los de la inseguridad adolescente y la inestabilidad familiar, poniendo especial énfasis en la actuación y el argumento, que son los elementos más sólidos de su obra. Heinz se revela como un director pasional; sus películas, diversas pero identificables por el manejo desgarrador de obsesiones psicopatológicas, motivadas por desórdenes sexuales dentro de una sociedad incomprensible y cruel.

A pesar de la gran producción de cine independiente, hasta el día de hoy siguen brillando los nombres de Jim Jarmush (VACACIONES EN LA TIERRA, BAJO LA LEY, EXTRAÑOS EN EL PARAISO, EL TREN DEL MISTERIO, EL AÑO DEL CABALLO, UN HOMBRE MUERTO)      .

Abel Ferrara, entre cuya obra destacan: MISS 45, EL TENIENTE MALO, EL REY DE NUEVA YORK. Jarmush, considerado por los críticos como el más "europeizado" por su estilo y porque además es en Europa y Japón donde su trabajo es mayormente admirado y difundido, tanto es así que europeos y japoneses han financiado algunas de sus películas. Si dotar a un cine realista de elementos poéticos y construir personajes inteligentes con un rico universo interior, dentro de su decadencia, significa ser un director europeo, me parece una definición facilista y equivocada, porque Jarmush es un director neoyorkino que conoce la idiosincrasia y la cultura estadounidenses a fondo y que las humaniza dentro de sus posibilidades, rompiendo con el veloz montaje del cine de acción externa; invitándonos a ingresar a sus historias a través de la ventana, muchas veces estática y profunda, de sus composiciones de cámara.

Ferrara, que anda en un Ferrari sin freno dentro de su casa, porque Abel ya no sale. La ciudad de sus fantasmas lo aterra, la luz del día lo encandila y las calles nocturnas le producen vértigo. Habita un "basurero" en el décimo octavo piso de una torre del Mid-town Conserva sus días en alcohol y en toda la farmacopea clandestina. La vida y el talento que le restan ya están vendidos por adelantado a sus productores, que con termómetros le miden la temperatura diariamente, para que su máquina que ya cruzó la meta sin darse cuenta, no se funda y siga produciendo talento comercial.

Pero Abel es incontrolable y genial. Es el prototipo del cineasta maldito que sufre en carne propia cada uno de sus personajes. Prefiere no hablar de cine, prende el teclado, dos guitarras y se arma la fiesta. Suenan los Rolling, improvisaciones en blues, rumba y macumba; pero Abel ya no resiste, antes de caer sobre el diván agujereado me abraza y me dice con voz gangosa: -solo tú me escuchas-.

Ferrara es un cineasta con altibajos dentro de la veintena de filmes que ha realizado. Es el ejemplo patético del artista chantajeado y exprimido por la máquina de la fortuna. El es consciente de esto y quizás sea uno de los karmas que más le duele.

Aunque en películas, como las nombradas anteriormente, podemos apreciar su talento en esplendor, su extraordinario manejo narrativo, su maestría en el desarrollo de los personajes, el suspenso, el terror puramente psíquico, exento de efectismos. La sobriedad para abordar un mundo caótico y subterráneo, revelando dimensiones filosóficas y poéticas. Estas características hacen de Abel Ferrara el cardenal del underground neoyorkino, en lo que a largometrajes se refiere.

Uno de los avances más importantes para la cinematografía ecuatoriana, es el éxito con el que crece Enrique Chediak en el cine norteamericano. Chediak también dirige, pero sus logros mayores son hasta el momento, como director de fotografía. Gana el PREMIO A LA MEJOR FOTOGRAFIA en SUNDANCE 1.997, con HURRICANE STREET. Después dirige cámaras en los largometrajes: SAPOS POR CULEBRAS; GETTING OF; DESIERTO AZUL; LA FACULTAD, bajo la dirección de Robert Rodríguez. Hizo también la fotografía del HERVIDERO, un largometraje con ocho millones de dólares de presupuesto, bajo para el cine hollywoodense y alto para el independiente.

La fotografía de Chediak ha sido elogiada por la crítica especializada en este país. El "Variety" dice sobre su trabajo en LA FACULTAD: "la película tiene un look muy eficiente que recuerda la ficción de los años cuarenta en el manejo de la sombra". "Hollywood Reporter" opina sobre la misma obra: "Chediak tiene un ojo muy agudo para captar el absurdo y el temor adolescente".

Con cierta frecuencia converso con Quike que aparte de ser un buen lector, tiene la bicicleta más vieja del barrio. Estudioso de la cocina y amante de la música. Dice que prefiere a las mujeres maduras, y que  disfruta de la soledad viendo películas que inspiren su trabajo. De apariencia sencilla, no gusta  hablar mucho de los más de veinte largometrajes que ha fotografiado. 

Para cerrar este artículo quisiera señalar que no he incluido a los cineastas experimentales, ni a los miles de cortometrajistas neoyorkinos con quienes a menudo me cruzo en parques y bares profundos, siempre acompañados de sus cámaras de 16 u 8 milímetros, captando sombras y relieves del claro oscuro manhattense. Ya después llegarán cartas sobre ellos; aunque confieso que la labor de crítico no me atrae, pero a veces también hago con placer lo que no me gusta...