domingo, 14 de agosto de 2011

HABITANTES DE SU PROPIO MITO

Entregada hace varios meses a la  revista "El Búho". 

Son los pájaros volando nuestros sueños que caminan y nosotros caminando, los sueños de las aves divididos por el rayo...
                        
A  Reina de Valdivia
A Manolo Montes
A Ramoncito Borja
A “Poter” Garcés, etc…

MEMORIAS DEL JOVEN COMETA

Desde enero, que es el lunes más largo del año, recuerda, a través del oscuro corredor que transita, al ritmo del cuenta gotas de ese suero que intenta enfriar  su sangre…

Era la tercera vez que repetía cuarto curso en el INDO. Por primera ocasión no había desertado a mediados del año lectivo. Se celebraban los exámenes finales, y El Cometa no quería que el año se acabe. El colegio era el laboratorio de sus travesuras adolescentes, por eso en vacaciones se sentía solo, sin sus amigos cómplices de los juegos audaces…

Era lunes, y desde un teléfono público llamó al inspector, con voz medio-ahogada, para comunicarle que había puesto una bomba en el rectorado y que solo sería desactivada si se  postergaban los exámenes por un mes, porque realmente muy pocos se habían preparado. El año había transcurrido entre fugas masivas hacia el Valle de los Hongos y ausencias constantes de los profesores que, contagiados por las escapadas de los alumnos, también empezaron a faltar. El momento de cerrar el teléfono, cruzó por delante de la cabina El Triquitraca, caminando de prisa  con dirección al colegio.  Llevaba unos papelitos aferrados a la mano, con la que lo saludó.

El colegio fue desalojado, y al día siguiente lo delató El Triqui, que era el campeón de la letra milimétrica. A los exámenes iba forrado de “pollas” con todas las respuestas, ante los bostezos de la mayoría de los docentes. Era comprensible, pues El Triquitraca quería graduarse pronto, soñaba con ser Presidente, para según él legalizar el consumo de drogas.  Incluso ya había enviado un par de cartas a Febres Cordero en nombre de los pobres marihuaneros honrados, explicando que estos nada tenían que ver con los fumones-ladrones que acechaban en las calles.

Cometa fue expulsado y al llegar a casa sus padres le dieron dos alternativas: el manicomio, o  la indigencia. Prefirió la segunda;  por la noche agarró su almohada y se fue al “Parque Que Ya No Existe”, a ofrecerle sahumerios al frío, a viajar en su almohada de plumas…

Despertó en una habitación oscura. Frente a la cama de hierro había una puerta con barrotes. Primero pensó que estaba en la cárcel, luego, junto a la cama palpó un timbre. Quiso gritar pero la lengua le pesaba. Levantó la mano con gran esfuerzo y  aplastó el botón. Al instante ingresó a la habitación Sor Canela, guiando una silla de ruedas vacía. Trató de insultarla pero no fluían sus palabras. Intentó levantarse para escapar pero el cuerpo no respondía a su voluntad e indignación. Después descubrió que le habían aplicado Sinogán, “el amansa bestias”. La religiosa lo ayudó a  sentarse en la silla y mientras atravesaban el corredor rumbo a la habitación, iba dándole las instrucciones, para cumplir a cabalidad el tratamiento que le habían preparado unos doctores que todavía no lo conocían. Acostado y retorciéndose en posición fetal, pudo descubrir a Joselito, sobre una banca metálica al final del corredor. Era el hospital Psiquiátrico Sagrado Corazón, que le abría sus puertas interiores.

Cuando el sol abandonaba la pequeña claraboya enrejada de su nuevo aposento, empezaron a sonar las  campanas distorsionadas de una iglesia… El joven Cometa volvió a quedarse dormido.

EL DESAYUNO
A las siete am., los despertaba la enfermera de turno acompañada del enfermero guardaespaldas. A las siete y media volvían, para revisar si las habitaciones estaban en orden: piso limpio, cama arreglada, paciente bañado y peinado. Después eran conducidos al comedor, donde se servían el desayuno junto con los sedantes y demás medicinas. Sor Canela les hacía abrir la boca y exploraba con una paleta debajo de la lengua para asegurarse de que los dementes no escondieran las pastillas recetadas.

JOSELITO
En el primer desayuno compartieron la mesa con Joselito que no paraba de temblar, El Ojón, quien entre sorbo y sorbo de avena tenía que chirriar los dientes, y El Matemático, que ante la falta de cigarrillos se comía las uñas amarillentas.

Joselito miraba a Cometa, y le sonreía con la timidez que siempre lo había caracterizado; justificaba su temblor repitiendo la frase: —Son las pepas, son las pepas…

Habían sido buenos amigos en Esmeraldas. Además, Cometa lo respetaba mucho porque con él y el ya fallecido Viejo Má, probó su primer bareto, envuelto en papel despacho, de esa hierba mala que se fumaba en la ciudad, de la que por lo menos había que armarse un bareto por mate para ponerse en nota.

Joselito era novio de Jacqueline L., flaca agraciada y de familia acomodada, que pasando de un día a otro subió al altar de la mano de un capitán de la policía recién llegado a la ciudad, ante la sorpresa de todos. De ahí que la gente dijera que se había vuelto loco por amor; o por lo menos, que la llamada traición fue el detonante.

Joselito se refugió en la Biblia, se dejó crecer el pelo y la barba, también abandonó el calzado. Caminaba hasta el rompeolas del puerto, y pasaba bajo el faro, entregado a la lectura. Después empezó a pedir comida por las calles y la gente, incluso algunos “amigos”, empezaron a burlarse de él.  Esta situación lo motivó a  alejarse más de la ciudad. Pernoctaba entre las ramas de un árbol de mango, en la floresta que envolvía al puente colgante de San Mateo. Los campesinos del pueblo hablaban de un hombre mono que volaba desnudo de rama en rama, pero que era inofensivo. 

La última vez que El Cometa lo vio, antes del reencuentro en  el hospital, fue aquella tarde en la que iba rumbo al aeropuerto de Tachina para viajar a Quito, a estudiar como interno en el Colegio Militar, de donde después de tres meses desertaría. Joselito, caminaba desnudo sobre una baranda del puente, cual equilibrista. Llevaba una Biblia, carcomida por la angustia,  colgada del cuello con una soga.

EL MATEMÁTICO
El Matemático había sido el mejor egresado en Física Pura de la Politécnica Nacional, por lo que ganó una beca para hacer un postgrado en Munich. De viaje a la Selva Negra, con algunos compañeros de clase descubrió el LSD. Y desde ese día su relación con la naturaleza y consigo mismo cambió radicalmente. Sus cálculos y medidas del tiempo y del espacio lo condujeron según él, a un agujero negro a través del cual se podía transportar a donde quisiera, sin necesidad de naves, tan solamente viajando en el humo de sus cigarrillos. Declaró que no estaba dispuesto a transar su descubrimiento y libertad por ningún título o estudios científicos racionalistas. Las autoridades universitarias lo repatriaron dopado y sus familiares, aterrados al no poder reconocer y aún peor entender al Matemático, de inmediato lo llevaron al manicomio.

EL OJÓN
Era un campesino mestizo de la provincia de Bolívar. Decía que sus padres lo habían abandonado en casa de una tía, porque nunca lloraba. Que el momento de nacer, en vez de llorar chirrió las encías. Y que siempre dormía con los ojos abiertos. Nunca aceptó la leche materna, mientras crecía sólo toleraba el agua de los charcos y la tierra del lodazal.

Por más que su tía había intentado enseñarle a usar la vajilla, él seguía comiendo con las manos y antes de ingresar al hospital, vomitaba todos los alimentos que no eran crudos. Contaba con orgullo, que con la ayuda de Dios, Sor Canelita lo estaba educando. Pues ya podía sentarse a la mesa y  tomar avena cocida, pero eso sí, todavía  comía el segundo con las manos, porque los instrumentos le producían escalofríos en los dientes, que él llamaba relámpagos.

Caminaba con los dedos de las manos tensos como trinches, aunque, cuando entraba en calma,  sus manos parecían cuencos y otras veces cucharas. Pero eso sí, los hombros siempre rígidos y los ojos bien abiertos, sin mirar a ninguna parte, excepto a su interlocutor, cuando hablaba con la voz bonachona de un guaguazo de cuarenta años.

TERAPIA DE GRUPO
El CHINO Y  EL COLORADO
Después del desayuno los pacientes eran conducidos  a un salón rodeado por un ventanal enrejado, desde donde se podía contemplar la cancha de voley y la piscina seca. También se divisaba la cúpula de la iglesia, con su campana oxidada.

En el centro de  la sala había una mesa rectangular, alrededor de la cual se sentaban los pacientes, dirigidos por un joven terapeuta y El Chino, un alcohólico recuperado, que estaba cerca de ser dado de alta, a quien incluso le permitían  salir los fines de semana. El terapeuta y El Chino se sentaban en los dos extremos de la mesa, y la “creativa” terapia grupal consistía en llenar con cuarenta palitos cada caja de la fosforera nacional. Se colocaban  treinta y nueve cerillos de forma horizontal, y el último cruzado. Algunos días, para variar, armaban la malla interior de los cascos de construcción, con un alicate para prensar plástico. A pesar de que la mayoría de pacientes pagaban, los obligaban a trabajar. Cometa entendía  que eran explotados, pero una muralla interior producida por  las drogas le impedía reclamar. Tenía dominada su fuerza de reacción, se sentía con un resignado optimismo, ajeno a su constante actitud rebelde.

En esta sala, Cometa se hizo amigo del Colorado. A él también le gustaba el rock, y en un pequeño radio que cargaba siempre consigo, escuchaban la programación de Radio Musical, de los años ochenta, dirigida por el poeta Ernesto Ribadeneira.

El Colorado vivía en La Gasca. Se le había despertado una esquizofrenia que decían congénita. Un tío suyo fue loco y murió al lanzarse a las ruedas de un bus. También su hermano menor empezaba a demostrar actitudes obsesivas, como por ejemplo, quedarse mirando el televisor con los colores en rojo todo el día, y durante la noche, dormir con el aparato prendido, hasta que empezara la nueva programación.

El Colorado era nervioso, y al mismo tiempo emanaba bondad. Hablaba pausado pero con voz temblorosa. A los pocos días propuso a Cometa, que El Chino, aprovechara sus salidas los fines de semana, para comprarles hierba.

Con la discreción adecuada, El Chino dejaba los lunes por la mañana una tabla de marihuana debajo de la plantilla de un zapato, en la habitación del Cometa. Por las noches, cuando todos dormían, fumaban en la ventana del corredor, que daba a un pequeño bosque de eucaliptos, incendiado de luciérnagas, que armaban llamaradas estrellándose unas contra otras.

Al pasar un mes El Colorado empezó a gritar dormido, y a babearse al hablar. Incluso cuando comía, le temblaban las manos y las piernas. El Cometa, cortó las reuniones con  su amigo, pero siguió fumando solo.

 NARCOANÁLISIS
El doctor FK era un psiquiatra de la vieja guardia. Calvo, de baja estatura, usaba lentes cuadrados, detrás de los cuales se podían ver sus ojos oscuros e impenetrables. Defendía el electroshock y el uso del pentotal, como herramientas para el control emocional y psíquico del paciente. Se jactaba  de haber conocido en los años 50 al doctor Ewen Cameron, quien encabezó el proyecto MK-ULTRA, auspiciado por la CIA, que entre otros fines tenía el de lavar el cerebro del enemigo a través de peligrosos experimentos, como la eliminación de pautas con la aplicación intensiva de terapias electro convulsivas, con LSD u otras drogas de  impulsión psíquica, de aislamiento sensorial parcial y experimentos de sueño prolongado. Incluso el uso de la lobotomía era permitido  “para tales objetivos patrióticos”.

Con estos fines, utilizaron como conejillos de indias a centenares de prostitutas y prisioneros de Vietnam, varios de los cuales murieron. Los sobrevivientes sufrieron daños irreversibles. Algunos casos fueron denunciados en el libro “Las Torturas Mentales de la CIA”,  de Gordon Thomas.

No era de extrañarse que el doctor FK tuviera bajo su control el departamento de psiquiatría del Penal García Moreno. Entre otros tópicos, él comentó a Cometa, el caso de Manolo Montes, joven esmeraldeño apresado por portar un cigarrillo de marihuana. Llevaba casi un año en el penal y su familia, avergonzada por el qué dirán, no lo había visitado nunca.

Fue violado, y en sus intentos por defenderse sufrió la herida y fractura de la muñeca. Estaba asilado en la sección de psiquiatría del Penal, con la herida y los tendones expuestos, apenas envueltos por una venda sucia.

Manolo era hábil con el dibujo. Hacía tatuajes a sus amigos y nunca cobraba un centavo. Sobre todo dibujaba ojos, en cuyos fondos se veían personas ardiendo. El Loco Montes, como lo llaman ahora, al salir de la cárcel arrojó una olla de agua hirviendo a su madre. Después incendió la casa. Hoy duerme sobre las ruinas carbonizadas y en los atardeceres se dedica a quemar tejados. Sus parientes desaparecieron del mapa.

Volviendo al Cometa, el doctor FK le dijo en tono zalamero, que tenía una gran imaginación, digna de estudio. Que lo iba a someter al narcoanálisis, terapia que también serviría para acelerar su recuperación y por lo tanto, el retorno a la libertad.

El Cometa  bordeaba los diecisiete años y no tenía conocimiento de los métodos denunciados anteriormente, menos aún de la llamada “inyección de la verdad” (pentotal sódico), que aplicaban en la segunda guerra y que todavía utilizan algunos países para sacar la información del subconsciente a los detenidos, al tiempo que les mandan órdenes y mensajes, con el fin de controlar sus mentes, o por lo menos, crearles limitaciones, como inseguridades, fobias; básicamente buscando la negación de su propia fe o ideología.

El pentotal es un barbitúrico de rápida acción, que produce una interrupción desde los centros subcorticales hasta la actividad nerviosa superior. Esta interrupción deja la actividad nerviosa superior del sujeto a merced de quien lo está manipulando. Lo que el doctor FK no sabía es que antes de cada sesión de narcoanálisis, El Cometa se fumaba un bareto. De todas maneras, cuando volvió a la playa y encendió su primer trabuco, sintió miedo de sus amadas olas, de las gaviotas que se clavaban en la espuma. No podía  hablar consigo, era un extranjero dentro de si mismo. Además lo habían convertido en enemigo de “su sabia hierba”. Estas sensaciones aumentaron su dependencia del alcohol.

EL TORNEO
Al tercer mes del internamiento de Cometa, se organizaron competencias deportivas; los psiquiatras y enfermeros versus los pacientes.

AJEDREZ
El Matemático llegó a disputar la final con el doctor FK, a quien derrotó aplicándole la estrategia que él denominaba  “mate a la anaconda”, que consistía, en no sacrificar ninguna pieza de su ejército por otra de mayor valía. Creaba un cerco protector, al mismo tiempo que inutilizaba al ejército contrario, haciéndolo caer en la trampa de su propia agresividad. Además, durante el juego hablaba siempre de otros temas, y mientras el contrincante se rascaba la cabeza pensando en una nueva movida, él se dedicaba a recoger colillas de cigarrillos por el piso. Así, el doctor FK fue víctima del mate del Mate-mático, que al inutilizar las piezas contrarias dejaba solamente al Rey con un espacio para moverse, y ahí le daba el jaque mate.

FÚTBOL
La cancha de voley fue adaptada en cancha de indor-fútbol. Se armaron equipos de a cuatro, y partidos divididos en dos tiempos de veinte minutos.

Los pacientes jugaron la final frente al cuarteto formado por el Cocinero Gordo, en el arco, dos enfermeros mastodontes, encargados de aplicar la camisa de fuerza a los pacientes que se revelaban, y el hijo del doctor FK, que también era psiquiatra, recién graduado.

Al equipo en disputa lo conformaban: El Ojón en el arco,  El Cometa en la defensa, en la media El Colorado y adelante Pepe Parra, guayaquileño que había jugado en las divisiones inferiores de Emelec y que estaba bajo tratamiento por su adicción a la base. Pepe pasaba sus días desesperado, porque tenía un kilo de material enterrado en el  jardín de su casa, en Urdesa, y sentía miedo de que el perro lo descubriera.

El Ojón, con  sus manos grandes como cucharones, rechazaba casi todos los remates de los enfermeros. Sólo que en dos ocasiones se cuadró a un costado del arco, bajo un pórtico imaginado por él mismo; de esta manera les metieron los dos goles, uno tras otro. Así finalizó el primer tiempo.

En el segundo período, una combinación a ras de piso entre El Colorado y Pepe Parra, dejó a todos mirando cómo la bola se filtraba por entre las piernas del arquero. Después, El Ojón rechazó un balón mientras miraba al cielo. La pelota se fue a hundir en el fondo del otro arco, formando una ola en la malla.

Pepe Parra, en desborde individual dejó a todo el equipo contrario en el piso y marcó el tres a dos. Faltando unos cinco minutos para el pitazo final, el hijo del doctor FK cobró un tiro libre  desde la mitad del campo. La pelota atravesó la cancha y se escapó tras la pared del hospital. Pepe Parra corrió tras el balón y salto la tapia. Los enfermeros se lanzaron en feroz persecución. El Cometa, debido a los sedantes contemplaba esta escena en cámara lenta. Hasta ahí llegaron el partido y el torneo, porque Pepe Parra no volvió. Además, él, tenía que jugar la final de Ping pong con el joven terapeuta.

LA MISA
Los domingos al atardecer, se celebraba la misa. Los pacientes católicos iban a rezar por su lo-cura, por sus condenas, por sus víctimas y verdugos. Otros acudían a pedir fortaleza para lidiar con el constante rayo que estallaba en sus almas, para que después de la tormenta no vuelva la oscuridad, como un candado cuya llave manejaba el doctor FK, a diestra y siniestra. Había un loco que siempre al final de la misa gritaba: —Sólo los de-mentes somos libres —y una voz desde el interior de la pared le replicaba: —También sois esclavos, pero de Sor Demencia.

Entre los infaltables a la misa, ingresaban otros internos como el señor Correa, repitiendo en voz baja: —Cuchillo mata, cuchillo muere, cuchillo mata, cuchillo muere. El señor Correa, había encontrado a su esposa bajo las sábanas con su mejor amigo. Se vengó de los dos y no pudo lidiar con el trauma. Sus ojos se enterraban cada día más, debajo de sus párpados oscuros.

El cura gordo y de cabeza cuadrada que no se cansaba de repetir, esgrimiendo los brazos, que había que acabar con el mal que domina la mente humana.

La inolvidable Carmen, que se llamaba como la madre del Cometa. Ella sobrevivió a un accidente automovilístico en el que perdió a toda su familia. Lo trataba como a un hijo; le tejía calcetines y gorritos para el frío, de la talla de un recién nacido.

La desdentada Cornelia, que había sido Reina de El Quinche, que nunca se despojaba de su corona, y que sonriente, después de cada misa, levantándose la falda perseguía al Cometa.

Y El Ojón, que gracias a Sor Canelita, en cada misa estaba más cerca de Dios, y que daba la bienvenida desde el campanario, haciendo rechinar las campanas oxidadas.

EL BAILE
Ese sábado por la tarde daban de alta al Cometa. Por la mañana entregaron a todos pijamas nuevos. Los pacientes bajaron al jardín del hospital. ”La cumbia del amor” coqueteaba en el escenario. Dos jóvenes rubias de una organización religiosa manejaban el tocadiscos de acetato. El Matemático no paraba de recoger colillas del piso. El Colorado galanteaba a las gringuitas disjokers. Joselito se atragantaba con una funda de chocolates. El Ojón daba la bienvenida a los invitados con una fuerte palmada en la espalda. Carmen tejía el último calcetín para su hijo adoptivo. El señor Correa refunfuñaba y pedía que lo regresen a su cuarto. Sor Canelita reprendía al súper Ojón, por manotear tan fuerte las espaldas de los invitados de la Escuela  de Sordo Mudos, a esta Gran Fiesta de Reintegración Comunitaria. El doctor FK hablaba con la madre del Cometa, sonriente. Apareció Cornelia e invitó a bailar al recién rehabilitado. Su corona estaba reluciente y en su sonrisa, como un espejismo, le crecían  dientes de leche, después de cincuenta años de frustrados reinados. El doctor FK, entregó un sobre a la madre con el diagnóstico final del paciente. Afuera, su padre y  hermanos lo llamaban desde el viejo Land Rover, pero él, no podía, no podía despedirse… Lo hizo el silencio de sus lágrimas.
                                             
SAINT JOHN OF GOOD
Van a ser las doce y el corredor del pabellón de adicciones sigue oscuro, aquí no dejan entrar  la luz. El suero de complejo B, se acaba. Han pasado más de veinte años y el Cometa recuerda que el corredor del otro hospital era más cálido.

Tiene cita con la psiquiatra. Ella se encuentra en un sillón, los separa el escritorio. Lo fusila a preguntas y anota las respuestas en una libreta. Mientras escribe, no deja de mirarlo de todos los ángulos posibles, con frenético entusiasmo, igual que los retratistas apurados de la vía pública. Pero él, también la está retratando, con un bolígrafo rojo, en la palma de su mano.  Empieza a dibujar ese cuello de cisne, que a Modigliani hubiese enamorado, cuando ella dice que vuelva pasado mañana, interrumpiendo su creación… Por intentar retratar los pensamientos del paciente, no se dio cuenta de que este, le estaba retratando el cuello, sonrojado por la euforia que le producían sus respuestas… Cuando le preguntó que cómo se definía a sí mismo, el Cometa respondió que era el peor de todos los seres que le habían inyectado… Pero también el que más resiste.

lunes, 4 de julio de 2011

Publicado según su editor, entre los números 18 y 21 de la revista “El Búho”, con el título de “Lagartito.com”… Nunca vi la publicación, pues en ese entonces me encontraba encadenado por excesos de consumo, preparándole un homenaje a  Harry Houdini.

LA INOCENCIA  DE CHARLY

                                                     
A la memoria  de Juan Carlos  “Sofía”

A Reed Charly las agujas se le torcían en los callos de las venas. La heroína lo estaba consumiendo en la propia sed de su sangre. Ya no había poro libre para inyectarse una dosis, ni aliento para seguir tocando y cantando, en “The Electric Church”, banda insigne del underground neoyorkino de principios del nuevo milenio. En el último concierto celebrado en el CBGB’S, Reed Charly se metió una  dosis para resistir, y se la pasó maldiciendo al nuevo Papa nazi, jurando que ya lo estaba electrocutando con su guitarra psicodélica, que tenía la forma de una cruz, acompañada por sus alaridos de alto voltaje.  

Pero realmente quien era electrocutado era el público, en un continuo electroshock musical, que hizo desatar una tormenta de relámpagos a la media noche del East Village neoyorkino. En el orgasmo de una canción, el músico se clavó en el piso con la intensidad del rayo. Un silencio caluroso se instaló en el ambiente y luego fue interrumpido por la sirena de la ambulancia. -Reed Charly cayó otra vez -murmuraba una rubia con los pezones inflamados. Un calvo con la cabeza sembrada de body persings, se picó la vena, en honor a su astro caído.

Era la séptima vez que Charly se derrumbaba. Las ocasiones anteriores se había sometido a los programas de rehabilitación, tan populares en el ambiente bohemio del Village. Pero la metadona ya lo tenía hastiado, aparte de crearle una nueva adicción legal, lo mantenía demasiado bajoneado, sin la chispa creativa que en ciertos momentos todavía lograba con la heroína. Necesitaba algo diferente, un viaje a un país desconocido, quizás sería la solución temporal. Un lugar en el que la heroína no reine, un paisaje paradisíaco donde la droga sea la misma naturaleza; y así encontrar un nuevo amor que le permita olvidarla… Soñaba con un río de agua pura que destape los caños de su sangre.

Después de una semana de desintoxicación en el Michigan Hospital, prendió su laptop, y al azar encontró la palabra Ecuador. Se enteró de los ríos salvajes y puros, de serpientes hipnotizadoras, de tzanzas y ritos sanadores, de ciudades más viejas que  Nueva York, coronadas por campanarios que sonaban al unísono, en las faldas de  inmensas pirámides  de hielo, cuyas cúspides del alma, coronaría abrazado a un cóndor solidario. Imaginó volver a nacer purificado, a través de la vagina de una de esas indias barrigonas que se veían en las tarjetas postales. Reflexionó, que la pobreza lo volvería menos consumista y que por lo tanto no necesitaría mucho dinero, porque además sus cuentas bancarias estaban rotas y los dillers de la zona lo tenían amenazado de muerte, por ofrecer pagar mañana y no poder, ya que sus ingresos le alcanzaban sólo para mantener las dosis del día.

Buscando información sobre costos entre empresas de turismo, descubrió una página web que lo sedujo. Lagartito. Com. Tour nocturno por Bazu-Quito. Charly hablaba un poco de  spanglish, que había aprendido con los dillers neoyoricans del Lower East Side neoyorkino, y le atrajo sobremanera la musicalidad rimada de la frase. De inmediato se contacto con la empresa, reservó pasajes,  y antes de embarcarse llamó a su padre que era un acaudalado hotelero de las Vegas, para contarle que había encontrado el lugar ideal para rehabilitarse y que por favor le deposite en una nueva cuenta tres mil dólares. El padre moviendo la cabeza negativamente aceptó. De inmediato  depositó el dinero a su hijo y llamó a una agencia de investigaciones, para que le informaran en qué andaba su primogénito.

Mientras Charly volaba  rumbo a Quito, repetía la misma frase que como buen compositor, la arregló a su manera: -I going with Lagartito to Bazu-Quito Punto Quito -coreaba la frase a un ritmo mariachi, que había aprendido en el parque Chapultepec, sin entender  el juego etimológico de la palabra Bazu –Quito.

COMITÉ DE BIENVENIDA
Era un atardecer nublado del mes de marzo, cuando el avión aterrizó haciendo piruetas entre las montañas que rodean la ciudad. En la sala de llegadas lo esperaba el “Lagartito”, acompañado de Sofía, que tenía en sus manos un ramo de jugosos floripondios.

Reed Charly, descendió de la nave con una pequeña mochila y su guitarra  viajera, llena de parches. Detrás de él, pero a cierta distancia bajaron tres tipos bien peinados y algo fornidos.

De acuerdo a las características trasmitidas por internet, fue muy fácil para la pareja, identificar al pecoso pelirrojo,  que además usaba una chivita puntiaguda y fosforescente.

Lo recibieron con sonrisas y abrazos. Sofía le entregó las flores y luego de besarle las mejillas expresó:- welcome to the country of dreams.

Lagartito en silencio estudiaba la psicología del cliente, y el momento de abordar el taxi, manejado por el Pipitas, encendió una boquilla. – Esta es la pipa de bienvenida, dijo el empresario, cruzando la cachimba a su cliente que iba en el asiento de adelante, rumbo a la Mariscal. -¡Oh the pipe of peace! -exclamó Reed Charly, antes de absorber profundamente el humo denso que salía por la boquilla.  Hubo una bocanada de silencio.

-Esto recordarme al crack pero ser mejor el olor -reflexionó el visitante, al mismo tiempo que un cortocircuito hacía vibrar su cuerpo y alma. Miró a sus acompañantes que iban en el asiento de atrás, con un gesto afirmativo pero con los dientes templados.
-¿Esto ser el estadium? -preguntó Charly al cruzar por la plaza de toros.  
-No sir, es la plaza de toros –contestó el Pipitas, atragantándose con un pipazo.
-¡Oh, toros yo no  matar, solo comer hamburgers! Yo sólo matar al Papa Nazi, já, já.
-Y yo sólo envenenar gringuitos, jé, jé _-replicó el Lagarto.  
-Sí, es mejor, los gringos ser infection y yo querer curarme –acotó Charly.

Sofía armó otro pipazo el cual Charly encendió con tortuoso regocijo, puesto que se quemó las pestañas y las yemas de los dedos, con el encendedor.

-Hay que mantener la pipa recta y no se debe acercar mucho la llama al material -explicó la maestra Sofía.

El taxi ingresó a la Mariscal, cuando la noche se abría, revelando el cielo y sus ardientes estrellas sedientas… El olor de los shawarmas se coló por las ventanas.

-Esto recordarme Estambul.
-Quito tiene de todo un poquito, mi gringuito -replicó Sofía.
-Quito, mi gringuito, un poquito (bis) -repitió la frase Reed Charly, estallando en carcajadas cantadas.

El taxi se detuvo en la esquina de la Pinto y Reina Victoria. El Lagarto pidió al Pipitas, que los pase a buscar más tarde. Ingresaron al hostal. Era una casa de dos pisos, con chimenea apagada, pero por cuyas ventanas brotaban humeantes nubes. En la puerta parloteaban unas negras en minifalda, con un gordo africano vestido de  traje nacional.

-Ahora llegamos al África -comentó Charly.
-Sí, al África Ecuatorial -respondió el Lagarto.

El recepcionista de raza negra anotó los datos del visitante, entregó las llaves, y Charly con  su comitiva subió al segundo piso. Por los corredores iban y venían mujeres y niños de la misma tez. Algunos africanos, otros oriundos de Esmeraldas.

Ya en la pequeña habitación, cuya ventana rota daba a la esquina, Charly canceló trescientos dólares, que era el precio convenido por una noche-tour,  a través de Bazu-Quito. El Lagarto se embolsilló doscientos y entregó los cien restantes a Sofía, que mientras Charly se duchaba en el resbaloso baño común, sacó de su cartera un pequeño espejo-corazón, y empezó a arreglarse las pestañas postizas y el color de los labios. Pues  era un travestí, la travestí reina de la Mariscal, y digo él-ella, o mejor ella-él, dependiendo del momento, el deseo y el recuerdo. Ahora era él queriendo ser ella con la ayuda de sus pestañas y labios rojos. Es que el verse como hombre en el espejo, le traía malos recuerdos, de esa infancia maquillada de masculina falsedad. Ahora ya podía ser la niña que siempre soñó, sólo que en vez de jugar con muñecas, tendría que jugar con peligrosos muñecos desalmados, cuyos bajos instintos muy bien conocía. Al ser una mujer encerrada en el cuerpo de un hombre, podía manejarlos desde adentro; y ahora, con la mayor seguridad que le daban los implantes de silicona, era capaz de utilizar esa fuerza masculina que tenía que esconder en su interior,  pero con sutileza y precisión. Se sentía capaz de ser amiga, de querer y odiar con igual bondad  y crueldad, tanto a ellos, como a ellas. Pues era todos en una  y uno en todas a la vez, en su inmensa y sabia soledad, desarrollada en gran parte por la incomprensión de los seres que ella llamaba “Los Mochas”.   

Charly volvió de la ducha, el Lagarto lo recibió con un pipazo doble.

-Thanks, esto calentar el agua fría.

LA CENA
Eran las ocho de la noche. Acababa de pasar  por el barrio la última nube lluviosa.

El trío caminaba por los adoquines mojados de la Calama, llena de turistas y ladrones,  de informantes y policías, cuyas sombras húmedas y alegres,  otras sigilosas y al acecho, eran grabadas por cámaras de seguridad suspendidas a los postes de luz. Deambulaban  quiteños demasiado borrachos para ser la noche de un lunes. Acechaban los vendedores de pared raspada, disfrazada de base, de cocaína mezclada con anfetaminas. Pequeña calle repleta, de bares y restaurantes, franceses, mongoles, hindúes y paquistaníes. Pizzerías y hamburguesas de mala muerte.

-Yo no tener hungry, pero me gustaría probar some ecuadorian food.
-El único restaurant de comida típica ya está cerrado -respondió el Lagarto.
-¡Oh  I’ sorry!, entonces busquemos algo de beber.
 
Caminaron hasta un bar de la Lizardo García. Se ubicaron los tres en la barra de madera. Charly se sentó en el centro, escoltado por Sofía y el Lagarto. Sonaban los Orishas de Cuba, agitando el claro oscuro del bar semivacío. Algunos espectros ebrios de la noche anterior, aún relampagueaban por las mesas.

-¿Qué drink nacional me recomienda? -preguntó Charly al barman enano y de mirada oscura.
-Lo único que tenemos es ron San Miguel.
-But the ron ser cubano -replicó el visitante.
-Pero el santo es ecuatoriano -respondió el Lagarto con ironía.
-¡Oh!, I unterstand. Deme un Quito libre con santo y coca cola ecuatoriana.
 
Sofía pidió un margarita y el Lagarto una cerveza  club. Charly marcaba el ritmo de la música, sobre la barra. El empresario, cada cinco minutos salía a pegarse un pipazo en la esquina. Sofía sacó un sobre de sus pantys y convidó un par de “pases” a Reed Charly. Los tres chocaron las copas.

-I’ sorry, this rum no gustarme, me pude dar un Jack Daniel´s.

El Lagarto miró con el rabo del ojo a Sofía como diciendo ‹‹jodido el gringuito››.

El barman disimulando su incomodidad sirvió un wishky doble al turista.

Reed Charly se pegó un sorbo que de inmediato escupió.

-Oh shet, esto no es Jack Daniel’s, este wishky ser falso.
-Esto es parte del tour por Bazu-Quito –replicó el Lagarto con voz firme.

De inmediato sacó un billete falsificado de su billetera y pagó. El enano entrego el vuelto, frunciendo el seño, absurdamente ofendido por el reclamo. Los tres salieron del bar.

-Para un trago falso, hay un billete falso -exclamó el Lagarto. Los tres chocaron las manos en señal de complicidad y siguieron caminando  hacia la Juan León Mera.

A la media noche, en la esquina de la Cordero y Reina Victoria descubrieron un cuerpo extendido, junto a una alcantarilla. Tenía los brazos en alto, en señal de victoria. La mano sostenía un puñal retorcido, cual antorcha para su alma. Los ojos en nublada calma, la boca todavía abierta después de su  última palabra: ¡paz!, pronunciada con sangre, ahora yacía  tatuada,  en el frío de sus labios. La luz del poste iluminaba la vulva sangrante del cuello y el río púrpura que se llevaba su alma  por el desagüe. El Lagarto, cauteloso, detuvo  el tour y señalando su reloj con  un gesto, les pidió guardar un minuto de silencio por su amigo caído. Se quedaron en la acera de enfrente, viendo como dos policías desvalijaban el cadáver, de reloj, anillo y cadena de oro, con la complicidad de la cámara de seguridad de la esquina.

-Es el negro Isidoro, no les había pagado a los “Primos”; les debía dos kilos -dijo en voz baja el Lagarto.
-De la que me salvé en Nueva York, cuando vuelva tendré que pagar a todos los dillers -habló Charly para sí.

La expedición  siguió su marcha  rumbo a la 6 de Diciembre. Al llegar a la calle Juan Rodríguez, dos niños harapientos, tenían arrinconados, con picos de botella, a una pareja de turistas europeos. Pasando por la vereda contigua, el Lagarto sentenció: Eso les pasa por no inscribirse en mi tour. Los niños se perdieron por entre las sombras verdes de los árboles,  con algo de dinero y una cámara de fotos. El  Lagarto se acercó a los turistas, los consoló y les entregó una tarjeta con los datos de Lagartito.com. Luego encendió un pipazo de base, que les convidó a los perjudicados. Estos al principio no aceptaron, pero al ser motivados por Charly desde la  otra acera, con un guiño de ojo, se pegaron un par de jalones. De inmediato se incorporaron, como liberándose de una pesadilla. Se alejaron erguidos, caminando de prisa y mirando para todos lados.

    
-Esto es more intensive que Hollywood movie. I like base -Charly comentó con Sofía.
-Esto no es base, esto es bazu-Quito -respondió Sofía, pegándose un pipazo.
-¡Oh!, I love bazu-Quito -exclamó Charly, mientras la cámara de seguridad del poste de la esquina, seguía grabando todos los sucesos.

EL SHOW
En el Matrioshka se iniciaba el show de media noche. El trío se sentó en primera fila, junto al escenario. Los tres tomaban “margaritas”. En una mesa contigua había una pareja de gays anglosajones. El bar estaba  copado de turistas, curiosos, bisexuales y sensuales lesbianas.Un mesero mariquita se deslizaba entre las mesas. En el fondo del bar, estaban sentados los tres tipos fornidos que llegaron en el mismo avión  que trajo a Charly. Sonaba una canción sutil de Miguel Bosé.

Sofía se dirigió al vestuario.

Hubo un lapso  silencioso, las luces violetas se proyectaron lentamente en la nube rosada, que colgaba sobre el escenario, con forma de corazón. La alta y estilizada Sofía, envuelta en su traje de sirena plateado, con lágrimas de lentejuela, apareció en el escenario ejecutando un violín profundo y lagrimeante.  Sin detener la música, convocó al público a un orgasmo tántrico colectivo, a base de respiraciones vocales , en situ, motivadas por las notas del violín, que apuntaban a los chakras y meridianos más sensibles  y bloqueados de cada organismo. Al mismo tiempo que ejecutaba el instrumento, marcaba el ritmo de las respiraciones por la boca, que iban de menos a más.

-Columna erguida, talones unidos: un, dos, tres, seis veces, ahora, vamos  más rápido…

Sofía había estudiado los manuales tántricos de Ambika Raihna,  a  los que incorporó su virtuosismo con el violín.

Aparentemente todos seguían las instrucciones, excepto el Lagarto, que aprovechándose del trance en el que se encontraba la pareja de gays, en la mesa de al lado, les robó una pequeña cámara de video que sobresalía de un bolso de mano que reposaba en el piso.

Abandonó el bar, y llamó al taxista Pipitas para que los viniese a recoger.

De los presentes que siguieron las instrucciones, la mayoría desembocó en el ansiado orgasmo comunitario.  

SESIÓN
En el centro de la habitación había una vela encendida. Sobre un taburete junto a la cama, estaban los floripondios, que Sofía había colocado en un florero con agua. La luz de la calle, entraba por la ventana rota, inflando la sombra de la vela en la húmeda pared.  

Todos se sentaron alrededor de la llama. El Lagarto abrió un paquete con  diez gramos de base que depositó en un plato. Sofía destapó una botella de cerveza y sirvió en algunos vasos. El Pipitas limpiaba su cachimba con un alambre. El Lagarto vació un cigarrillo y lo cargó con  base.

-Esto es una pistola, sólo que dispara para adentro.

La doró con un fósforo y se la pasó a Reed Charly.

-Pistola like me, tiene perfumito -expresó el novicio, inhalando el humo.

En las habitaciones contiguas del hotel se escuchaban carcajadas mezcladas con discusiones. Por momentos silencios densos, interrumpidos por el llanto de algún niño.

Después gemidos sexuales, intercalados con el violento abrir y cerrar de puertas. Era como un disco automático que se acababa y empezaba con las mismas canciones.

-La cerveza ser good .
-Es ecuatoriana -le respondió Sofía.
-¿Y el bazu-Quito de dónde ser?
-Se lo fabrica en Colombia, pero mira Charly, si quieres decirme que en este país toda la mierda que consumimos es importada, tienes toda la boca llena de…razón.
-Don’t gorry, in New York is the same shit.

El Lagarto armaba pistola tras pistola y fumaba silencioso. El Pipitas, se atragantaba a pipazos, inflando sus mejillas aruñadas por alguna gata ebria. Sofía, entre pistola y pipazo, llenaba los vasos, con los dedos largos y bien cuidados. Charly fumaba, poniendo especial énfasis en el olor.

En media  hora los diez gramos se extinguieron. Reed Charly pidió más. El Lagarto le explicó que el presupuesto acordado del tour, no alcanzaba. El visitante le entregó doscientos dólares y pidió que también compre algo fuerte para templar los nervios.

El Lagarto acompañado por el taxista Pipitas, salieron a cumplir la misión. En el cuarto del hotel, Reed Charly esperaba impaciente, frotándose las manos. Sofía desenvainó el violín de su estuche y empezó a ejecutar el bolero de Ravel. El músico la escuchaba sorprendido.

-Tu ser a great musician. En Nueva York podrías tocar en mi banda algunas songs.
-Pero yo soy travesti.
-In New York travesti is normal. Allá  tú poder work in clubs, for good money. I’ love your music.
-Me estás haciendo enamorar, Reed Charly.
-No confundir. I’ like woman.
 
Irrumpieron en la habitación, agitados, el Lagarto y el Pipitas.

-La policía justo después de cargarnos, agarró a la negra Sabina -denunció el Pipitas.
-Seguramente no le pagó los impuestos -acotó el Lagarto…
-Hay que andar pilas, es noche de redadas -advirtió Sofía.

El cuarteto reinició la sesión con cierto sigilo, desarmando y armando, cigarrillos, llenando y vaciando ceniceros, multiplicando botellas vacías de  aguardiente. En el silencio se distinguía la respiración agitada de Charly, la tos flemosa del Pipitas, el chispazo de los encendedores. En el resto de las habitaciones, los sonidos eran  casi similares. Desde la calle con cierta frecuencia se escuchaban pasos a la carrera, gritos solitarios que se apagaban. Luego de un prolongado y rígido silencio, el ruido de las sirenas de patrulleros o ambulancias tardías, acudiendo al último grito, bajo las cámaras de seguridad que eran  silenciosos y acechantes testigos.

Las calles de la Mariscal parecían un campo no santo, sembrado de restaurados y herméticos mausoleos. Alrededor  los muertos indigentes,  se destajaban por un pedazo de vicio, pan o abrigo para la larga pesadilla del alma a la intemperie.

A eso de las tres de la mañana, el material se acabó.

Todos se miraban  silenciosos, tensos y con  desconfianza.

-Y ahora sí nos toca hacer la magia -exclamó el Lagarto, distendiendo el ambiente.
-Ahora invita tú, que Charly ya se puso bastante -le replicó Sofía.
-El dinero de la empresa no se toca.
-No seas batracio, Lagarto… Bueno yo invito, con la plata que estoy reuniendo para cortarme esta tripa -decidió Sofía, señalándose la entrepierna.
-Yo pongo para el trago -acotó el Pipitas.
-No problem, yo todavía tener dinero, además bazu-Quito hacerme olvidar the heroine. 

Charly entregó  al Lagarto, un rollo de billetes de cien.

-El problema va a ser en dónde cambiarlos -cuestionó el Pipitas.
-Para esto está el Lagarto -respondió en tono seguro el empresario.

Los dos emisarios volvieron a abandonar la habitación. Reed Charly, se bajó de un sorbo el resto de botella que quedaba. Sofía recogió la mayor cantidad de colillas y armó unos cuantos pipazos que sostuvieron la ansiedad del huésped.

-Tú ser a good person, like a mother.
-Es que me inspira ternura verte tan desesperado.
-You know, nunca conocí a my mother. Ella morir cuando yo ser baby. Yo crecer con mi padre y diferents wifes.

Charly, mientras hablaba sudaba. Sofía sacó un pañuelo de su cartera y secó el sudor que emanaba por las sienes y manos del músico.

-Yo sentir paranoia.
-La base es muy fuerte, nos confronta con nosotros mismos. Saca a relucir nuestras fragilidades  al ismo tiempo que bloquea nuestras potencialidades.
-My caracther ser muy débil, tengo frío.

Sofía abrazó a Charly y lo acurrucó en sus pechos de silicona.

-Your tetas are beatifull...

El Pipitas golpeó la puerta de la habitación.  Sofía se levantó y  abrió.

-¡Lo agarraron al Lagartito! Yo estaba esperándolo en el taxi, cuando entraron a la pensión de los “Primos”, los tiras de antinarcóticos.  Embarcaron a todos en un bus, entre ellos iba también el Lagartito, con las manos esposadas -narró el Pipitas, agitado por el pánico recién vivido-. Además hay un carro con unos manes raros parqueados al frente.

Sofía sigilosamente espió por a la ventana y pudo distinguir a tres gringos en  el  interior de un auto sin placas.

-Deben ser de la DEA. ¿Será que este man es prófugo de la justicia? Hay que salir de aquí porque seguramente están haciendo redadas en todos los hoteles. Vámonos a la playa, a pegar unos buenos cebiches y a dejar de fumar tanto esta mierda –exclamó Sofía.
-Vamos -respondió el Pipitas.
-Lets go to the beach -celebró Reed Charly, agarrando su guitarra.

Los tres abandonaron el hotel entusiasmados, pero la fiesta se rompió, porque los detectives privados que había enviado el señor Lukyman desde las Vegas, con la intención de recuperar a su hijo, dominaron a Charly, torciéndole los brazos, y lo embarcaron rumbo al aeropuerto, en donde abordaron el avión ambulancia que lo esperaba para llevarlo de vuelta  a aquel frío hospital del lago Michigan.

Sofía y el Pipitas, subieron al taxi y persiguieron a los secuestradores, unos minutos antes que la policía antinarcóticos ingrese a la humeante hostal, para hacer  una requisa.

-Esto es un rapto, es una violación a la soberanía nacional -gritaba Sofía, pero los guardias del aeropuerto, estaban entretenidos con sus Reed Bull. Sólo uno atinó a decir: -¡Cállate marica! -arrastrando por el piso al travesti, que lloraba, lágrimas de hombre por sus ojos maquillados de mujer…

La Mariscal por la mañana, lucía sus jardines bien podados y brillantes, las ventanas limpias pero vacías. Cantaban los pajaritos. En los basureros ya no había huellas de la noche anterior. Las cámaras de seguridad paneaban desde todas las esquinas, persiguiendo un olor nauseabundo que brotaba por las alcantarillas. Los estudiantes iban a  clases, los comerciantes abrían sus negocios diurnos, en la apacible mañana. La noche anterior no  había sido más que la pesadilla cotidiana, de algunas ancianas agonizantes, en los floridos mausoleos del barrio. Un documental, que los cineastas secretos de la policía editaban para los próximos Óscares; claro está, si es que la señora plenipotenciaria del bunker-embajada del norte, lo permite.

                                                  

sábado, 4 de junio de 2011

EL DOLOR DE LOS INMORTALES

Publicado en el número 22 de la revista “Realidad Aparte”, de Nueva York.

A Gabriel Jaime Caro                                                          A León Felipe Larrea

Era un verano grisáceo, de cielo y ciudad brumosos. San Petersburgo reposaba en la tarde respirando los vientos del Neva. Por los canales flotaban las barcas solas, mientras los barqueros dormían en las gradas de los muelles de piedras gastadas por el agua. Un abrigo sin cuerpo avanzaba por la avenida Nevsky, con su perro de nube encadenado, y un ataúd desde el aire me guiaba al cementerio.

Entré al panteón de los hombres ilustres, de los nobles, de los escritores y músicos.

Sarcófagos de piedra tallada, escultores de héroes y musas, de ángeles y arcángeles, habitaban el jardín laberinto que, a medida que yo avanzaba me invitaba a una siesta sin fin, abriéndome sus baúles de ceniza, de tulipanes marchitos.

El cementerio respiraba, bostezaban sus muertos al ritmo de las nubes que llegaban del Báltico. Escuché una melodía conocida que venía desde el fondo. Busqué su origen atravesando las lápidas, hasta encontrarme con la tumba sonora de Tchaikovsky.

Era Septiembre la pieza que fluía del ataúd, como un preludio del otoño que se avecinaba. Luego, el rostro de su escultura me sonrió y un cuervo se posó en su cabeza, con una estrella roja sangrante en el pico.

La melodía fue interrumpida por cierta respiración pesada y quejumbrosa que venía desde una esquina. Me acerqué algo temeroso, pero al ver que se trataba  de mi antiguo maestro  Fiodor Dostoyevsky, mis temores se transformaron en una alegría alucinada. Comprendí que el abrigo que se paseaba por la Nevsky pertenecía a Raskólnikov y que el perro de nube era su alma encadenada al suplicio de la eternidad.

Fiodor Mijailovich lucía tenso, su rostro de piedra reflejaba la insatisfacción de su alma. La tumba estaba encerrada por barrotes de hierro, semejantes a los de una prisión. Y a pesar de que al pie del busto sus admiradores habían colocado nutridos arreglos florales, Dostoyevsky expresaba angustia y dolor, los mismos sentimientos que habitaban su obra, los mismos sentimientos que lo motivaron a vivir y a morir como un guerrero, estremecido entre las laderas punzantes de su conciencia y de su existencia coronada de deslaves.

Él, conocedor de mis manos audaces, con voz grave me contó que había pedido a Raskólnikov que me buscara, porque sus despojos no merecían estar enjaulados entre esos hierros hirientes. Solicitó que tome sus cenizas y las arroje al fuego, pues los gusanos del tiempo seguían devorando su espíritu.

Me cargué de valor, abrí el ataúd y deposité en una bolsa el polvo latiente de su ser.

Al alejarme, los ojos de la estatua reflejaban una agotada pero satisfecha calma, parecida a la que él experimentaba después de las crisis epilépticas.

Salí del cementerio cuando las primeras hojas de Septiembre silbaban por la ciudad.

Comencé a sentir frío; en un basurero encontré el abrigo de Raskólnikov y me lo puse.

Al atardecer, volando hacia Bakú, escuché las explosiones de la guerra del Cáucaso. Desde el avión contemplé cómo la tierra ardía, con las llamas de rodillas implorando al cielo.

Salté a la tarde y mientras descendía suspendido en mi aliento, esparcí sus cenizas sobre la alquimia ardiente de la guerra, entre el quejido de amapolas desangrándose y  adormeciendo con su polen la agonía de las madres soldados.

Después, bajo  una tormenta, caminando en silencio por las negras y rojas hogueras, note que cuando más llovía, más crecían y se retorcían las llamas donde habían caído las cenizas…

En la cabeza de águila que dibuja la costa oeste del mar Caspio, florecen hogueras inextinguibles, donde los antiguos peregrinos acudían al llamado de la muerte, hilando y deshilando sus gusanos de seda…

    

domingo, 8 de mayo de 2011

OJOS DE ÁGUILA

Publicado en el número 11 de la revista “El Búho”, junto al relato anterior.

Al doctor Plutarco Yépez.

El hombre contemplaba la pared vacía. A la nariz sangrante del payaso y al cuchillo los cargaba envueltos en papel periódico. Ráfagas de risa se le escapaban por los poros. Al fin su cuerpo reía. El payaso que lo humillaba por su tartamudez había callado. Desde la boca inflamada del hombre celebrante se desprendía un hilo de saliva, envolviendo su cuello.

El policía de la esquina escudriñaba al hombre con la mano presta en la pistola que le colgaba del cinto.

De la acera de enfrente una mujer madura y maquillada  seguía la escena mordiéndose los labios.

Un perro encadenado al poste de la esquina miraba a la mujer madura. El canino era custodiado por su amo desde el interior de la tienda de alimentos.

El ladrón de perros espiaba al dueño del can esperando el mínimo descuido.

Un niño calvo comparaba el ángel guardián que el ladrón tenía tatuado en la nuca, con el lunar en forma de ángel que a él le había crecido en la palma de la mano. La madre sostenía de una muñeca al pequeño, que tosía mirando el semáforo que cambiaba a rojo.

La luz encandilante era acusada impacientemente por un hombre de negocios que se atrasaba a su cita, tragando en seco una manotada de pastillas.

El drogadicto, ya sin familia y sin amigos, pisoteado por su sombra de recuerdos veía con desprecio al negociante, pero al mismo tiempo se arrastraba para  pedirle una moneda.

Un predicador religioso auscultaba al drogadicto y planificaba reclutarlo para su templo, sosteniendo una Biblia demasiado nueva.

El religioso de brazos fornidos y corte militar, era provocado por un homosexual ebrio que bailaba en la esquina.

Una prostituta ciega perseguía al homosexual,  como buscando un ojo de mujer y otro de hombre, para protegerse.

La cámara de seguridad de la calle registraba a la prostituta en su afán. El policía gordo comía palomitas de maíz frente al monitor, adormilándose mientras seguía la acción.

Otro policía se disponía a reprender al dormilón, cuando estalló el disparo en los tímpanos y la pared se manchó de rojo y saliva…

En pocos minutos llegó la ambulancia, y después de confirmar la muerte del tartamudo, la esquina continuó con  su ritmo habitual…Un obrero pintaba la pared de blanco, que se quejaba como único deudo.

miércoles, 13 de abril de 2011

Publicado en el número 11 de la revista EL BÚHO, como FIESTA DE MÁRMOL.

SOLOS DEL SILENCIO

La “democracia” había saqueado el templo. Sus tenores escaparon hacia el norte con todas las barras de oro, cuando la gente dormía bajo la tormenta de extrañas luces y veloces tecnologías.

Ya a nadie importaban los cuervos rojos de mármol, ni las estatuas de arena de los héroes y sus dragones, decapitados cuando cumplían la misión de los dioses, en la constante defensa del alma y el amor de la tribu.

Los dementes empezaron el lento retorno desde el jardín de espinas a donde habían sido condenadas sus vidas y encadenadas sus manos a la limosna, en las gradas del templo que ellos habían construido entre el vino, la mirra  y el sacro-oficio.

Volvían tristes, con las manos y los ojos llagados; sus pies apenas podían subir las gradas de la plaza Sacramental.

Entre los que retornaban pude reconocer al duende Rodrigo. Arrastraba dos bueyes de Tauro y sus pequeños mellizos, con alas en los omóplatos, le revoloteaban alrededor de la cabeza, dibujándole una aureola. Lo acompañaba Ivanceti, el rey de la ceniza, casi calvo, pero con las uñas y las pestañas crecidas. Su pipa de aluminio humeaba y el dragoncito mascota le correteaba por la espalda. Lo seguía el loco Carlo; las orejas le habían crecido de tanto callar, y de su ojo lleno de ira colgaba una lágrima de piedra. Lo escoltaba el astrofísico Cristianzen, como siempre caminando al revés, para contar los metros del pasado y sorprender al futuro por la espalda. Después subía Aoá el caminante; llevaba un infinito collar de palabras, en el que se leía un solo nombre que nunca terminaba, y mientras más avanzaba, más se alargaba.

Por la puerta apareció Maxim el músico; traía los misterios de Hiperbórea en una cajita musical, y cuando la abría, los sonidos se le escapaban por sus ojos pálidos y las columnas rotas del templo. Más atrás íbamos mi hermano San y yo, fundidos en un abrazo y brincando en una sola pierna. Veníamos del crepúsculo en un barco rojo, donde papá y mamá pasaban la luna de miel del alma.

En el centro de la plaza nos esperaba la loca Valdivia. Se había bañado y en sus manos sostenía una canasta con vino y floripondios marchitos.

Todos bebimos, adormecimos a los Ojos y cantamos para dentro.

Lentamente los seres de mármol iniciaron la danza, al compás de la lluvia que llenaba el vacío de nuestra ausencia…

miércoles, 23 de marzo de 2011

EN ESTOS DÍAS DE DOLOR PARA EL JAPÓN Y LA CONCIENCIA DEL MUNDO, OFREZCO ESTA CRÓNICA VIVENCIAL ESCRITA ALGUNAS ESTACIONES ATRÁS, CON LA ESPERANZA DE QUE LA CONCIENCIA ZEN ACTÚE EN SUS GOBERNANTES Y GOBERNADOS,  MUCHAS VECES SOMETIDOS AL DESTINO DE SU PROPIA  ESPADA… 

Publicado en el número 3 de la revista Anaconda, cultura y arte.


ESTACIONES ENCENDIDAS

Tokio, es diciembre. La noche encandilada de neones envuelve la ciudad con destellos violetas y amarillos. Se acerca la navidad y la gente que todavía surge de las ruinas de Hiroshima refleja sus espectros en las vidrieras de Shinju-ku, repletas de Noeles que seducen desde el fondo.

En las librerías escasean los textos de Mishima, más aún  para estas fechas. Pronunciar su nombre provoca silencio en los rostros de las delicadas vendedoras.

En la Universidad de Lenguas Extranjeras interrogo a varios estudiantes sobre el  prolífico autor de “Caballos desbocados”. La mayoría no ha leído sus obras, quienes lo conocen se tensionan  y prefieren no hablar. Pero olvidemos a Mishima y recorramos la ciudad dividida por las cuatro estaciones del año.

En el jardín imperial se celebra el otoño. El emperador, reencarnado en un gato negro, pasea solemne por el lago salpicado de amarillo; una capa de lotos blancos lo abriga. La emperatriz, en un altar de hojas rojas espera a sus súbditos.

“Todos somos mellizos,
todos somos hijos del sol y de la luna”,

Corean unos niños envueltos en mariposas disecadas.

La primavera florece de la noche en las veredas de Jimbocho. Pájaros nocturnos picotean hortalizas sembradas sobre los parterres rotos, mientras las ventanas de una casa, aún  sostienen  lágrimas de la última guerra.

El invierno anida en el bosque de sakuras y las palomas de nieve filosofan en las gradas del templo del sintoísmo. También  los cuervos robustos, en los basureros de algún puente, degustan los manjares de cartón.

Los carpas rojos y azules veranean en el río, seguros de que el anzuelo no truncará sus tardes. Pero yo, día y noche busco al sol por entre las ranuras que dejan los edificios, y no lo siento. Apenas intuyo una estrella borrosa, sobre el techo de una torre de vidrio, como por un telescopio. Alguien me informa que el astro veranea entre las islas de deshechos.

Hay que dejar la ciudad, exprime al hombre con su acordeón de luces, con el grito ahogado del último samurai, en su honor harakiri y su espadazo de adentro hacia fuera, porque Mishima nació con el sable atravesado en el alma.

Cruzo la ciudad en el tren veloz. Salto a una isla de latas de cerveza recicladas y playas de ceniza, todavía tibias, como las olas nocturnas, como la noche y su calefón de estrellas, donde enciendo el tabaco  que inflama  a la espuma.

¡Y bueno fantasmas! ¡Brindemos un  Nagori sake hasta que salga el sol entre las islas plateadas! Pero también brindemos unas Saporo en lata, para mañana seguir agrandando el archipiélago. Y no olvidemos el Chivas de doce años, picando sashimi de cuatro peces, con la carne viva; es que la economía japonesa permite a la sociedad comer y beber  de lo mejor; y el dinero de mi premio del festival de cine se escurre en un río de alcohol.

Fotografiemos nuestras narices rojas y por favor no durmamos, que esta noche es la última mi querida Yukiko.

¡Kampai por las estrellas que se besan en lo oscuro! ¡Kampai por la tierra que fue una estrella verde! ¡Kampai mi adorable Keiko! ¡Kampai por tu primero y último beso! ¡Kampai por tu mano tibia  y por tu sexo spondylus, donde anida mi corazón  exhalándote canciones!

¡Kampai mi estimado Tomo! Por Nara, Okinawa y Fujiyama. Por el concierto de Pat Methany en Shinju-ku. Por los abuelos en retorno dolorido, por los autistas que enamoran al silencio, por los que nacieron y por los que se fueron de largo, siguiendo la huella del cometa… Por nosotros con la sombra en el ocaso.

El sol abre su ojo rojo en el alba, el mismo de la bandera rojiblanca, y una gaviota de vidrio desayuna un pez de aluminio.

Escucho el ¡oooh! de los fantasmas diurnos, y aplausos y cantos en la orilla, para los habitantes de Tokio es todo un acontecimiento ver el amanecer.

Ojaio gosaimas (buenos días), un último brindis y adiós. Pues mis amigos trabajan desde las siete a.m.  y mi avión parte a las ocho….El jet se hunde en el sol, cierro los ojos y escribo para mi guitarra  de cuatro cuerdas; una cuerda para cada estación.