miércoles, 13 de abril de 2011

Publicado en el número 11 de la revista EL BÚHO, como FIESTA DE MÁRMOL.

SOLOS DEL SILENCIO

La “democracia” había saqueado el templo. Sus tenores escaparon hacia el norte con todas las barras de oro, cuando la gente dormía bajo la tormenta de extrañas luces y veloces tecnologías.

Ya a nadie importaban los cuervos rojos de mármol, ni las estatuas de arena de los héroes y sus dragones, decapitados cuando cumplían la misión de los dioses, en la constante defensa del alma y el amor de la tribu.

Los dementes empezaron el lento retorno desde el jardín de espinas a donde habían sido condenadas sus vidas y encadenadas sus manos a la limosna, en las gradas del templo que ellos habían construido entre el vino, la mirra  y el sacro-oficio.

Volvían tristes, con las manos y los ojos llagados; sus pies apenas podían subir las gradas de la plaza Sacramental.

Entre los que retornaban pude reconocer al duende Rodrigo. Arrastraba dos bueyes de Tauro y sus pequeños mellizos, con alas en los omóplatos, le revoloteaban alrededor de la cabeza, dibujándole una aureola. Lo acompañaba Ivanceti, el rey de la ceniza, casi calvo, pero con las uñas y las pestañas crecidas. Su pipa de aluminio humeaba y el dragoncito mascota le correteaba por la espalda. Lo seguía el loco Carlo; las orejas le habían crecido de tanto callar, y de su ojo lleno de ira colgaba una lágrima de piedra. Lo escoltaba el astrofísico Cristianzen, como siempre caminando al revés, para contar los metros del pasado y sorprender al futuro por la espalda. Después subía Aoá el caminante; llevaba un infinito collar de palabras, en el que se leía un solo nombre que nunca terminaba, y mientras más avanzaba, más se alargaba.

Por la puerta apareció Maxim el músico; traía los misterios de Hiperbórea en una cajita musical, y cuando la abría, los sonidos se le escapaban por sus ojos pálidos y las columnas rotas del templo. Más atrás íbamos mi hermano San y yo, fundidos en un abrazo y brincando en una sola pierna. Veníamos del crepúsculo en un barco rojo, donde papá y mamá pasaban la luna de miel del alma.

En el centro de la plaza nos esperaba la loca Valdivia. Se había bañado y en sus manos sostenía una canasta con vino y floripondios marchitos.

Todos bebimos, adormecimos a los Ojos y cantamos para dentro.

Lentamente los seres de mármol iniciaron la danza, al compás de la lluvia que llenaba el vacío de nuestra ausencia…

miércoles, 23 de marzo de 2011

EN ESTOS DÍAS DE DOLOR PARA EL JAPÓN Y LA CONCIENCIA DEL MUNDO, OFREZCO ESTA CRÓNICA VIVENCIAL ESCRITA ALGUNAS ESTACIONES ATRÁS, CON LA ESPERANZA DE QUE LA CONCIENCIA ZEN ACTÚE EN SUS GOBERNANTES Y GOBERNADOS,  MUCHAS VECES SOMETIDOS AL DESTINO DE SU PROPIA  ESPADA… 

Publicado en el número 3 de la revista Anaconda, cultura y arte.


ESTACIONES ENCENDIDAS

Tokio, es diciembre. La noche encandilada de neones envuelve la ciudad con destellos violetas y amarillos. Se acerca la navidad y la gente que todavía surge de las ruinas de Hiroshima refleja sus espectros en las vidrieras de Shinju-ku, repletas de Noeles que seducen desde el fondo.

En las librerías escasean los textos de Mishima, más aún  para estas fechas. Pronunciar su nombre provoca silencio en los rostros de las delicadas vendedoras.

En la Universidad de Lenguas Extranjeras interrogo a varios estudiantes sobre el  prolífico autor de “Caballos desbocados”. La mayoría no ha leído sus obras, quienes lo conocen se tensionan  y prefieren no hablar. Pero olvidemos a Mishima y recorramos la ciudad dividida por las cuatro estaciones del año.

En el jardín imperial se celebra el otoño. El emperador, reencarnado en un gato negro, pasea solemne por el lago salpicado de amarillo; una capa de lotos blancos lo abriga. La emperatriz, en un altar de hojas rojas espera a sus súbditos.

“Todos somos mellizos,
todos somos hijos del sol y de la luna”,

Corean unos niños envueltos en mariposas disecadas.

La primavera florece de la noche en las veredas de Jimbocho. Pájaros nocturnos picotean hortalizas sembradas sobre los parterres rotos, mientras las ventanas de una casa, aún  sostienen  lágrimas de la última guerra.

El invierno anida en el bosque de sakuras y las palomas de nieve filosofan en las gradas del templo del sintoísmo. También  los cuervos robustos, en los basureros de algún puente, degustan los manjares de cartón.

Los carpas rojos y azules veranean en el río, seguros de que el anzuelo no truncará sus tardes. Pero yo, día y noche busco al sol por entre las ranuras que dejan los edificios, y no lo siento. Apenas intuyo una estrella borrosa, sobre el techo de una torre de vidrio, como por un telescopio. Alguien me informa que el astro veranea entre las islas de deshechos.

Hay que dejar la ciudad, exprime al hombre con su acordeón de luces, con el grito ahogado del último samurai, en su honor harakiri y su espadazo de adentro hacia fuera, porque Mishima nació con el sable atravesado en el alma.

Cruzo la ciudad en el tren veloz. Salto a una isla de latas de cerveza recicladas y playas de ceniza, todavía tibias, como las olas nocturnas, como la noche y su calefón de estrellas, donde enciendo el tabaco  que inflama  a la espuma.

¡Y bueno fantasmas! ¡Brindemos un  Nagori sake hasta que salga el sol entre las islas plateadas! Pero también brindemos unas Saporo en lata, para mañana seguir agrandando el archipiélago. Y no olvidemos el Chivas de doce años, picando sashimi de cuatro peces, con la carne viva; es que la economía japonesa permite a la sociedad comer y beber  de lo mejor; y el dinero de mi premio del festival de cine se escurre en un río de alcohol.

Fotografiemos nuestras narices rojas y por favor no durmamos, que esta noche es la última mi querida Yukiko.

¡Kampai por las estrellas que se besan en lo oscuro! ¡Kampai por la tierra que fue una estrella verde! ¡Kampai mi adorable Keiko! ¡Kampai por tu primero y último beso! ¡Kampai por tu mano tibia  y por tu sexo spondylus, donde anida mi corazón  exhalándote canciones!

¡Kampai mi estimado Tomo! Por Nara, Okinawa y Fujiyama. Por el concierto de Pat Methany en Shinju-ku. Por los abuelos en retorno dolorido, por los autistas que enamoran al silencio, por los que nacieron y por los que se fueron de largo, siguiendo la huella del cometa… Por nosotros con la sombra en el ocaso.

El sol abre su ojo rojo en el alba, el mismo de la bandera rojiblanca, y una gaviota de vidrio desayuna un pez de aluminio.

Escucho el ¡oooh! de los fantasmas diurnos, y aplausos y cantos en la orilla, para los habitantes de Tokio es todo un acontecimiento ver el amanecer.

Ojaio gosaimas (buenos días), un último brindis y adiós. Pues mis amigos trabajan desde las siete a.m.  y mi avión parte a las ocho….El jet se hunde en el sol, cierro los ojos y escribo para mi guitarra  de cuatro cuerdas; una cuerda para cada estación.








   

sábado, 19 de febrero de 2011

ENTRE EL HUMO DE URUBÚES

Publicado en el número 4 de la revista “Contexto”.

Amanecer en Sao Paulo, una mañana gris y humeante, sin el despertador del gallo o el trino de un pájaro. Los motores de una factoría roncan lejanos y los niños de la rúa Augusta duermen despiertos, abrazados a cartones fríos del final de invierno. Las garotas de las esquinas ya se han ido. El crack atiza el insomnio de los imberbes fumadores de la avenida Paulista, de edificios grises, de cielo y veredas grises disueltos por el humo, en el que apenas distingo a mi sombra.

Vuelvo al Augusta Palace, debo dormir, en la tarde estrenan mi película en el Museo da Imagen e do Som. Se celebra el Festival Internacional de Cortometrajes de Sao Paulo; fiesta no competitiva en la que participan más de doscientas películas representando a cincuenta y dos países, de los cinco continentes vivos.

Llego un poco atrasado, en el hall, la directora del festival, Zita Carvalosha, me recibe con una sonrisa cómplice, igualmente, algunos directores paulistas me abrazan con aliento a cerveza; una pareja bien peinada me mira con recelo y comenta en voz baja sobre mis zapatos humeantes.

Estamos en el bar del museo. La cachaza y la pinga encienden la noche. Damián Quevedo, con el pucho de un parisién porteño entre los dientes le reclama a uno de los guías del festival, por hablarnos a los latinos en inglés. El hombre se retira sin responder y desde aquella noche sólo guiará a los directores angloparlantes. Nosotros agradecemos la gentileza y abordamos la ciudad con nuestro olfato melancólico sediento de alegría.

Hay rumba en el bar Soweto, somos los únicos blancos. Las negras y los negros se contorsionan  lentamente al ritmo de Alfa Blondy y Damián se deja absorber  por la oscura y sudorosa marea. Yo estoy en la barra hablando con la barwoman,  de los colores nocturnos y sus olores claros y profundos, entre caipiriñas que ella derrama por mis  labios, imantando nuestras lenguas durante la  noche de rayos.

Despierto solo a las riberas del río Tieté y en el borroso espejo de las aguas quietas, distingo besos violetas mordiéndome las venas… La basura de las orillas es sintética, una familia raquítica de urubúes agoniza, y desde el cielo un urubú suicida se estrella sobre su propio reflejo, de agua espesa y fría.

Signos apocalípticos alumbran Sao Paulo. Ciudad sin perros ni gatos. Sin trinos diurnos ni nocturnos. Sólo un gallinazo cual cóndor exiliado busca carroña en las nubes. Es tétrico el silencio que envuelve la noche y el oxígeno huele a fuego, pero brillan las sonrisas de sus elegantes ejecutivos y sus íconos mendigos, compartiendo las aceras al coro del “tudu ben”. La miseria y la riqueza pasean de la mano en un cotidiano encantamiento entre  “el bien y el mal”. Las garotas agitadas suben al viejo tranvía del centro, perfumando mi paseo de cincuenta centavos de real. Leo el periódico, me entero que la mitad  de los  presos de una cárcel están con SIDA y que ya no hay lugar ni  para un enano. A los ladrones de turno los mantienen esposados en las gradas, para después liberarlos vivos o muertos. El centro de Sao Paulo semeja una cárcel, una cárcel sin candados ni rejas. Las veredas y los parques son sus celdas y los celadores, montando caballos de paso, despiertan a golpe de tolete a los durmientes en los parterres de las calles que bordean la Estación Central. Se inicia la requisa diurna, mientras dos monjas cruzan indiferentes y un grupo de niños va de prisa rumbo a la escuela.

Volvamos al festival, o a un carnaval de cine, donde la  trivialidad de contenidos se enmascaró con el efectismo de las formas visuales y sonoras, en pequeñas parodias de la tragicomedia del miedo con la que se manipula el subconsciente de la sociedad mundial. Festival del cine caos, sin perspectiva, sin poesía ni profundo dolor. Cineastas cómodos,  muchos  “hijos de papá famoso”, en su mayoría de Río de Janeiro, algunos de Europa y Norteamérica. Incapaces de pintar una película con el color de su propia sangre, de esculpirla con el temblor de sus propios dedos, de sonorizarla con los latidos de su propio corazón. Aplaudimos el derroche tecnológico de los países computarizados, que justificando la alienación ante el dios máquina pretenden dotarlo de un espíritu sintético e insípido. En definitiva, celebramos la ausencia del espíritu estético y el derroche del mal gusto sintético, porque las lágrimas y los besos de las máquinas son más fríos que la sangre de las estatuas, y aunque encandilen el horizonte de lujuria, solo dejan huecos en el corazón de los niños. Y el miedo a profundizar de la mayoría de producciones del cine brasileño actual está minando su propio desarrollo. Hago un brindis por Glauber Rocha y coloco una flor empapada de ron en su olvidada tumba… Aunque también se proyectan en mi memoria desconsolada, el  documental sensorial, “Me Dicen Yovo”, del peruano Alejandro Ramírez, con su cámara viajera por los poblados semidesérticos de Benin, inflamando la pantalla con canciones sudorosas en la sequía, ahondando el blanco y negro con preguntas inquietantes sobre su identidad y la angustia de la naturaleza humana. “El “Hombre de Negocios”, cortometraje azerbaijano, dirigido por Aydin Dadashov, parábola metafórica sobre un mendigo que se vuelve  millonario y trata a través de las religiones en conflicto darle sentido a su existencia, hasta ser vencido por sí mismo en el cuadrilátero de un hospital psiquiátrico. También me pareció admirable la muestra de los cortos en animación 3D del japonés Hideo Nakazawa, pionero del Hi Vision, formato predecesor de la alta definición, desafiando al veloz momento tecnológico por medios infoelectrónicos. Nakazawa nos ofrece un universo temático y estilístico propios con hondas preocupaciones humanas, superando el efectismo que pretende imponerse, explotando su espíritu de samurai implosivo. Me atrevo a sugerir cortos de su autoría como: ”Diez Segundos Después”, “La Broca y la Pared” y  “The  Master Food”.

La noche suda frío y mi dinero se acaba. Empeño mi sombra por un vaso de cachaza y un niño que despierta le dispara. Mi sangre se hace una con la tierra vermelha y mi alma embriagada y aún lagrimeante despega del aeropuerto de Guarulhos…

domingo, 16 de enero de 2011

CINE IN-DEPENDIENTE

Publicado en el número 12 de la revista “EL BÚHO”

Nueva York, la pecera multicolor estalla, pero los peces están enamorados de la explosión. Sobre todo los de Manhattan, porque los de Queens, el Bronx y gran parte de Brooklyn son los guetos donde se concentran negros, latinos, asiáticos y europeos del este, quienes con su esfuerzo muscular mantienen brillantes las torres de vidrio y limpios los desagües, para por las noches con sus artes diversas levantar el ánimo de una sociedad espiritualmente agotada y por lo tanto ávida de placer. Sociedad regida por Kronos, más exactamente por el segundero del dinero, reloj que marca el destino, la extensión del dolor y el gozo de sus esclavos.

En el Village es la fiesta. Aquí se concentran las vidrieras, galerías y teatros. Los cines, discotecas y bares para artistas, hombres de negocios y turistas anonadados ante la excesiva producción de espectáculos en serie. El Village Voice anuncia alrededor de novecientos shows diarios en todas las manifestaciones artísticas, aparte del sexo por teléfono que abarca ocho páginas de este periódico semanal. Mujeres y hombres de todas las edades y razas, garantizan un orgasmo prolongado y discreto por dos dólares el minuto de conversación telefónica.

No es exagerado decir que en Manhattan todos somos cineastas. El cine es la religión, el dinero la sangre de Cristo, los actores los dioses, los directores los monjes, los guionistas los apóstoles y el público los alegres feligreses que en cualquier momento se pueden transformar en estrellas de cine o por lo menos de la revista Vogue, con tan solo ser descubiertos por el fotógrafo de turno, mientras pasean por el Tompkin Square con su perro fiel-amante y con el alma desnuda a través del vestido estrafalario. Con las pupilas casi borradas por la heroína que puebla la soledad con sueños de estrellato y vacaciones con un amante viril, ya que ser gay es el denominador común y honrado de los chicos del village, y el que muere de sida es considerado un mártir y será nuevo tema de inspiración para el cine o por lo menos para un bet-seller literario; porque en Estados Unidos los artistas se inspiran en la moda y la moda la hacen los artistas y el sida es la enfermedad de moda de los artistas, así como en otros siglos lo fuera la sífilis, pero sin tanta rimbombancia.

No cabe duda que en Nueva York hay poetas, filósofos y genios, que también esperan su turno pacientemente en las aceras y parques del Village. Me atrevería a decir que los mendigos son las personas más inteligentes y eruditas de esta ciudad, pues se alimentan de basura y en Manhattan se arrojan los mejores libros, así como hermosos trajes, electrodomésticos y discos de acetato. En la puerta del edificio en el que vivo, duerme un Ser, tiene una libreria ambulante y es poeta políglota: pinta un Frankeistein humillado e implorante. Cada vez que le doy los buenos días, señala el cuadro y me dice: -mira lo que han hecho conmigo. No sería raro que un guionista con cierta agudeza descubra al personaje y escriba  una historia sobre su vida, maquillándola de trivialidades y la cierre con un happy end. Entonces este Ser dejará de ser anónimo y esclavo de la locura y pasará a ser famoso y esclavo de los nuevos  vicios del confort, convirtiéndose en un santo más de la devoción del público, porque no he conocido un pueblo tan amante de su cine como la nación norteamericana.

De cien personas encuestadas en diferentes sectores de Manhattan, poniendo énfasis en la población de origen anglosajón, ochenta y cuatro respondieron que su cine era el mejor del mundo, trece prefirieron el europeo y tres demostraron mayor información, comentando de Bergman, Tarkovsky y Greenaway.

Resulta paradójico que en el país donde se produce la mayor cantidad de información sea su ciudadanía la más desinformada de lo que acontece en el mundo que la nutre. Nación ahogada en su exceso, cegada en su luz, enferma por sobredosis de alimento. Adicta al consumo de todos los olores, formas y sonidos pero que no provoquen mirarse para adentro ni karmas negativos; ya que el "positivismo" es la filosofía oficial.

Nación sedienta de vida, cultiva la muerte y el terror, desde el genocidio que cometieron los colonos-peregrinos contra los nativos americanos hasta la actual invasión injustificada a Irak. También es muy doloroso que los niños se formen con un cine y televisión que en su mayoría inspiran violencia, dentro de las escuelas y los núcleos familiares, con el propósito de educar un público adicto a todo el consumismo que gira en torno a la "cultura de la violencia"; y sus nefastas consecuencias para el resto del planeta.

Y es penosa la complicidad de la prensa que maneja el criterio colectivo más parcializado e irreflexivamente que en nuestros países.

En este contexto nos introducimos en las salas y archivos del cine independiente neoyorkino, admiramos, investigamos y conversamos con algunos de sus realizadores. Hablo en plural porque mi sombra me ha tomado la delantera y me lleva de la mano.

El cine independiente estadounidense surge como una alternativa al monopolio económico y estético hollywoodense y tiene como epicentro al Nueva York de los años sesenta; siendo su precursor el actor y director John Cassavetes con SOMBRAS (SHADOWS), que de entrada va rompiendo con el estilo narrativo, temático y del happy and californiano. Película producida con un gran esfuerzo de su realizador, que trabajaba como actor en filmes mediocres para financiar ésta y casi toda su filmografía posterior (FACES, HUSBANDS, MINNIE AND MOSKOWITZ).

Seguido aparecerían CALLES VIOLENTAS y TIN GOLPEA A MI PUERTA, de Martín Scorsese. Luego surgen directores como John Sales. Jim Jarmush, Abel Ferrara, Ang Lee, revelando diferentes personalidades cinematográficas, autenticidad en cuanto al manejo de temáticas y estilísticas, cuasi propias.

Los críticos de Nueva York en su mayoría se expresan en buenos términos, exaltando la labor independiente. Entonces surgen nuevas productoras en esta ciudad, como Good Machine con Ted Hope a la cabeza, Killers Film de Cristin Bachon, Shoothing Gallery con la conducción de Larry Manstrich.

Estas empresas incrementan la producción de una cinematografía en un principio diferente, para luego ser invadida por muchos realizadores que proponen historias comerciables que son aceptadas debido a exigencias del público y naturalmente de financiamiento. Aquí comienzan a producirse películas de todo nivel estético, en su mayoría malas, tanto o menos que las hollywoodenses, pero con presupuestos inferiores. Se amplifica el fenómeno en otras ciudades como San Francisco, Los Angeles, Chicago y Boston, hasta alcanzar actualmente a producirse alrededor de seiscientos filmes independientes al año, en todo el territorio nacional.

A pesar de que este cine es tan variado en cuanto a géneros y niveles, se caracteriza por ser esencialmente urbano y netamente narrativo; en el que lo más importante parece ser la actuación y el argumento, quedando en segundo plano el aspecto artístico tecnológico. Quizás en principio producto de las limitaciones presupuestarias, lo que automáticamente marca una diferencia estética frente al derroche y la excentricidad tecnológica hollywoodense.

Vale anotar que el primer boom independiente va acompañado con el boom de Hollywood a nivel mundial, en los años setenta. En la década de los ochenta el desarrollo del video y la televisión genera una crisis cinematográfica de carácter global. Los filósofos californianos alzan la vista a Nueva York y miran a sus alrededores en busca de talento y nuevas ideas. Descubren a Quentin Tarantino, Speak Lee; abren sus tentáculos y arman alianzas con productoras hasta entonces completamente independientes, como las mencionadas anteriormente, bajo el signo del chantaje y al mismo tiempo augurios de éxito y mejores condiciones de producción. Paralelamente en los años ochenta, con el padrinazgo de Robert Redford, se crea el Festival de Sundance que muestra y proyecta a los noveles y ya conocidos cineastas independientes. También se funda el Sundance Channel, medio por el que se difunde el cine que no depende exclusivamente de Hollywood.

A pesar de los enganches, tires y manejes con los zares californianos, el cine independiente se distribuye únicamente en las principales ciudades de Estados Unidos y Europa, convertido ya en una nueva mina de oro del vecindario de Beverly Hills, estableciéndose como un cine corriente en el que un espectador no podría diferenciar si está viendo un filme hollywoodense o el de una productora independiente.

En los noventa se descubren realizadores como Todd Shlondz con FELICIDADES, BIENVENIDO A LA CASA DE LAS MUÑECAS; y Tood Heinz, autor de VENENO SEGURO, VELVET, GOLD MINE, directores que se destacan por ciertas características autorales. Shlondz trata temas como los de la inseguridad adolescente y la inestabilidad familiar, poniendo especial énfasis en la actuación y el argumento, que son los elementos más sólidos de su obra. Heinz se revela como un director pasional; sus películas, diversas pero identificables por el manejo desgarrador de obsesiones psicopatológicas, motivadas por desórdenes sexuales dentro de una sociedad incomprensible y cruel.

A pesar de la gran producción de cine independiente, hasta el día de hoy siguen brillando los nombres de Jim Jarmush (VACACIONES EN LA TIERRA, BAJO LA LEY, EXTRAÑOS EN EL PARAISO, EL TREN DEL MISTERIO, EL AÑO DEL CABALLO, UN HOMBRE MUERTO)      .

Abel Ferrara, entre cuya obra destacan: MISS 45, EL TENIENTE MALO, EL REY DE NUEVA YORK. Jarmush, considerado por los críticos como el más "europeizado" por su estilo y porque además es en Europa y Japón donde su trabajo es mayormente admirado y difundido, tanto es así que europeos y japoneses han financiado algunas de sus películas. Si dotar a un cine realista de elementos poéticos y construir personajes inteligentes con un rico universo interior, dentro de su decadencia, significa ser un director europeo, me parece una definición facilista y equivocada, porque Jarmush es un director neoyorkino que conoce la idiosincrasia y la cultura estadounidenses a fondo y que las humaniza dentro de sus posibilidades, rompiendo con el veloz montaje del cine de acción externa; invitándonos a ingresar a sus historias a través de la ventana, muchas veces estática y profunda, de sus composiciones de cámara.

Ferrara, que anda en un Ferrari sin freno dentro de su casa, porque Abel ya no sale. La ciudad de sus fantasmas lo aterra, la luz del día lo encandila y las calles nocturnas le producen vértigo. Habita un "basurero" en el décimo octavo piso de una torre del Mid-town Conserva sus días en alcohol y en toda la farmacopea clandestina. La vida y el talento que le restan ya están vendidos por adelantado a sus productores, que con termómetros le miden la temperatura diariamente, para que su máquina que ya cruzó la meta sin darse cuenta, no se funda y siga produciendo talento comercial.

Pero Abel es incontrolable y genial. Es el prototipo del cineasta maldito que sufre en carne propia cada uno de sus personajes. Prefiere no hablar de cine, prende el teclado, dos guitarras y se arma la fiesta. Suenan los Rolling, improvisaciones en blues, rumba y macumba; pero Abel ya no resiste, antes de caer sobre el diván agujereado me abraza y me dice con voz gangosa: -solo tú me escuchas-.

Ferrara es un cineasta con altibajos dentro de la veintena de filmes que ha realizado. Es el ejemplo patético del artista chantajeado y exprimido por la máquina de la fortuna. El es consciente de esto y quizás sea uno de los karmas que más le duele.

Aunque en películas, como las nombradas anteriormente, podemos apreciar su talento en esplendor, su extraordinario manejo narrativo, su maestría en el desarrollo de los personajes, el suspenso, el terror puramente psíquico, exento de efectismos. La sobriedad para abordar un mundo caótico y subterráneo, revelando dimensiones filosóficas y poéticas. Estas características hacen de Abel Ferrara el cardenal del underground neoyorkino, en lo que a largometrajes se refiere.

Uno de los avances más importantes para la cinematografía ecuatoriana, es el éxito con el que crece Enrique Chediak en el cine norteamericano. Chediak también dirige, pero sus logros mayores son hasta el momento, como director de fotografía. Gana el PREMIO A LA MEJOR FOTOGRAFIA en SUNDANCE 1.997, con HURRICANE STREET. Después dirige cámaras en los largometrajes: SAPOS POR CULEBRAS; GETTING OF; DESIERTO AZUL; LA FACULTAD, bajo la dirección de Robert Rodríguez. Hizo también la fotografía del HERVIDERO, un largometraje con ocho millones de dólares de presupuesto, bajo para el cine hollywoodense y alto para el independiente.

La fotografía de Chediak ha sido elogiada por la crítica especializada en este país. El "Variety" dice sobre su trabajo en LA FACULTAD: "la película tiene un look muy eficiente que recuerda la ficción de los años cuarenta en el manejo de la sombra". "Hollywood Reporter" opina sobre la misma obra: "Chediak tiene un ojo muy agudo para captar el absurdo y el temor adolescente".

Con cierta frecuencia converso con Quike que aparte de ser un buen lector, tiene la bicicleta más vieja del barrio. Estudioso de la cocina y amante de la música. Dice que prefiere a las mujeres maduras, y que  disfruta de la soledad viendo películas que inspiren su trabajo. De apariencia sencilla, no gusta  hablar mucho de los más de veinte largometrajes que ha fotografiado. 

Para cerrar este artículo quisiera señalar que no he incluido a los cineastas experimentales, ni a los miles de cortometrajistas neoyorkinos con quienes a menudo me cruzo en parques y bares profundos, siempre acompañados de sus cámaras de 16 u 8 milímetros, captando sombras y relieves del claro oscuro manhattense. Ya después llegarán cartas sobre ellos; aunque confieso que la labor de crítico no me atrae, pero a veces también hago con placer lo que no me gusta...

domingo, 12 de diciembre de 2010

CINE Y CIUDAD                                            
a Soraya Fernández…

Cuenca, cariñosa lápida, brillo de espejeantes ataúdes abiertos, en la noche de policías y embriagados ladrones travestidos.

Cuenca y su puerta entreabierta, por sus gradas se derraman acuarelas, de frescos viejos y nubes de incienso. En un caballo de humo, Solmadero rapta a la virgen dormida por el eco de la calavera cantora y su guitarra de piel. Es que Cristo cruza el puente borrado, despertando sus poros con el mantra de un floripondio que le brota de la herida…. 

Entre suspendido y sumergido en estas visiones e impresiones, ingreso al Séptimo Festival Internacional de Cine de Cuenca, en el cual son siete los largometrajes que debo calificar, contrariando a mi sombra atleta que no cree en medallas de oro. Acepto el reto porque  siento que la mayoría de los filmes en concurso merecen ser apreciados, y porque me viene bien  cambiar por unos días la polución auditiva de mi barrio quiteño,  por la roca caracol, en la que  escucho a los cuatro ríos, mientras me embriago, duermo y sonrío.

Ingreso al Cine Park y abro los ojos. Empieza “PLOY”, escrita y dirigida por el thailandés Pen-ek Ratanaruang. Película enmarcada en la ya gran tradición del cine del este asiático: minimalista y monumental, profunda y desgarradora. Decirnos tanto con tan pocos elementos y tan pocas palabras, como un aforismo Laotseano en la sabiduría que nos lega o un haiku japonés en su respiración. El desarraigo del inmigrante thailandés que regresa a Bangok de occidente, que llega y nunca llegará pues se encerrará en un cuarto de hotel del que no saldrá hasta el final del drama, siendo liberado por el sacrificio de su esposa del autosecuestro.  Película sutil en el manejo de la sensorialidad, en la interacción de personajes en continuo estado de  interiorización, con el acoplamiento de una banda sonora-música que crea una envoltura de constante silencio, y que profundiza mano a mano con el ritmo de las imágenes  parcas y traslúcidas. Fotografía que logra crear la sensación de vacío en espacios interiores y reducidos, conectándonos con los espacios exteriores a través del reflejo de las ventanas usadas como espejos confrontatorios entre lo que sucede en la habitación del hotel  donde se desarrolla la mayor parte del drama, frente al transcurrir de la calle que circunda el edificio. Ratanaruang,  utilizando las herramientas básicas cinematográficas, crea un universo simbólico y poético. Sugestivo y subjetivo dentro del cual  el estado conciente se integra con el inconsciente sin barreras,  para  decirnos con ironía al final de la historia que no esperemos que nuestros seres amados se desangren por dentro y fuera  para  recordarnos  que los amamos, despertándonos de la derrota de un sofá existencial; dentro del cual  en una burbuja de orgasmo suspendido, dos amantes clandestinos, inhalan sus alientos al ritmo de un tantra que a cualquier espectador mal sentado lo haría  multiplicarse en implosiones…Y la adolescente estrafalaria que espera  que la vayan a buscar se ha disuelto entre las sábanas y corredores claroscuros  como un fantasma imperceptible…

INTIMIDADES DE SHAKESPEARE Y VICTOR HUGO
Yulene Olaizola con este documental de ochenta y tres minutos,  que al verlo se transforma en una ficción real, se graduó en su escuela de cine de la ciudad de México.

Realizado con una cámara de video básica,  en un ambiente familiar  y de manera artesanal,  deja fluir la narración de su abuela propietaria de un hostal de barrio, que cuenta la historia de un ser extraordinario que fue su huésped, manteniendo una doble personalidad: la del artista autodidacta y genial, con la de un asesino en serie de mujeres. La apasionada narración de la abuela, va ilustrada con las obras de este ser mítico. Sus pinturas  de diferentes estilos pero magistrales, sus escritos a mano, poéticos y filosóficos, plasmados con una caligrafía perfecta, roja y musical. Las canciones románticas  que expresan su gran capacidad de intérprete, pero con una voz barrosa y profunda, que a veces hace olvidar al autor; dan muestra de un ser capaz de aprehender de manera intuitiva de los grandes creadores y expresarse con su propio yo, antes de dividirse en la llamada doble o de múltiples personalidades del psicoanálisis y sin pretender ser un artista de vitrina. Pues lo que crea es dedicado a los seres que aprecia, como una tarjeta de navidad, pero más que nada como una carta de amor, en este caso, a la propietaria del hostal, a quien ofrenda su no pretendido legado, que no hubiese pasado de una historia familiar, de no ser por la agudeza  de la realizadora, que logra tejer, entre los testimonios de la abuela y de otros testigos, el paso extraordinario por este mundo, de Jorge Riosse, quien también fue un asesino en serie que asoló a la capital mexicana, hasta la noche de su desangramiento. Al  ser herido y sentirse descubierto y perseguido, retorna al hostal, a su nido guarida, donde encontró profundizaciones del afecto que careció en su infancia familiar, de la que se auto expulsó.

Película  en blanco y negro, que hilvana una historia real, corroborándonos que la realidad humana en su esencia no necesita de la ficción, ni de tinta roja ni amarilla.

Documental, como concepto visual, pero contado a lo drama aristotélico,  al punto de convertirse  al final en una película de suspenso,  que nos deja   en el limbo de la duda; de que si lo que  acabamos de ver fue un invento de la abuela  con la complicidad de la nieta, o que si realmente ¿él fue el asesino?…pero esto ya no  importa   a los policías, pues el asesino ya desapareció. Quizás los parientes de las víctimas sigan clamando a la justicia divina, mientras la abuela lo recuerda con ternura. Aunque la sociedad mejicana atemorizada y perpleja, se haya ido  acostumbrando a cuantificar las víctimas de ciudad Juárez y sus alrededores;  pagando el tequila del embriagado psicópata de sus gobiernos.

LA ORILLA QUE SE ABISMA
Gustavo Fontán, nos introduce a través del poema del  entrerriano Juan L. Ortiz,   por un viaje ultra sensorial, en un constante estado de vigilia por la aguas del río de un poema  entre dormido y despierto. Sombras iluminadas por luces frías o tibias, en el reflejo de las aguas vaporosas que nos ahondan cada vez más en el viaje silencioso de la cámara, llevada por vientos sutiles, atravesando follajes y partos de rocíos, desde la mirada inicial de un gato sin maullido, con  la que empieza la obra.

En 64 minutos se deshilvana y fluye un poema visual inspirado en un poema escrito y motivando esta interpretación poética. Obra esencialmente activadora  de la capacidad interpretativa de los sentidos, en constante interacción: cuando escucho  veo, cuando huelo recuerdo, cuando recuerdo imagino, cuando imagino me veo en estas imágenes tejidas entre sueños.

Uno de los logros de Fontán y el fotógrafo Luis Cámara, es el haber llegado a compartir un viaje mutuo, sin ningún exceso tecnológico, utilizando únicamente disolvencias a un ritmo adecuado, para guiarnos en el viaje entre la frontera de un constante despertar imposible o un continuo atardecer suspendido. La película exhala e inhala desde el fondo del espejo de la cámara un vaho desvaneciente, que nos permite revelarnos algún misterio personal, perdiéndose en el interior de  nuestra propia mirada.

Imagino a Borges escuchándose con los ojos ni dormidos ni despiertos, y recuerdo el verso de Alejandra Pizarnik : “Contemplar el mundo, a través de una alcantarilla, puede ser un punto de vista, pero la verdadera rebelión consiste, en contemplar a la rosa hasta pulverizarse los ojos”.

Escribo solamente sobre estas tres películas porque son las obras que realmente exaltaron mi admiración.

También escribo, mientras recuerdo la noche en que la calle de las trabajadoras sexuales se transformó en un cine abierto, con proyector y audio de primera. Y luego de la proyección del largometraje Colombian Dreams,  una de las treinta y tres películas invitadas a la muestra paralela, las madres prostitutas, se fotografiaron con estrellas de la farándula cinematográfica latinoamericana, como la argentina Mariana Santangello, personaje principal del filme uruguayo “ En la Puta Vida”; y  de la televisión colombiana, como Maria Adelaida Puerta, diva de la telenovela “Sin Tetas no hay Paraíso”. Al mismo tiempo que nosotros, desde lo alto de la quebrada lanzábamos cerillos encendidos a la noche cuencana…que empezaba a oler, a caramelo maldito…

FESTIVAL DE CINE DE CUENCA 2008